Dedicó su tiempo al cuidado de los enfermos, no solo llevando sus conocimientos y la medicina de entonces, sino también esa palabra de ánimo que todo enfermo necesita para superar la instancia.
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Se cumplen 68 años del fallecimiento de don Artémides Zatti, ocurrido en Viedma el 15 de marzo de 1951.

 

“El enfermero Santo de la Patagonia”, así fue bautizado en vida, y a casi 7 décadas de su fallecimiento, la ciudad que no lo vio nacer pero que él eligió como su lugar en el mundo, para extender su brazo solidario a los más necesitados, lo sigue recordando.


Fue un laico consagrado y en 2002, el entonces Papa Juan Pablo II por un milagro que lograron confirmar algunos años antes los médicos de la Sagrada Congregación de los Santos en Roma, lo beatificó.


Don Artémides Zatti siempre estuvo ligado a la vida religiosa.


Muchos de los historiadores contemporáneos aseguran que esa decisión responde, no solo a sus fuertes convicciones de fe, sino también a una promesa que le hizo a Dios si salvaba su vida de una tuberculosis que contrajo en 1902.


Salvó su vida y cumplió su promesa. Ligado a los salesianos de entonces, que llevaron a cabo en Viedma una obra fundacional en materia educativa y de salud, vivió hasta sus últimos días pensando en los demás.


Dedicó su tiempo al cuidado de los enfermos, no solo llevando sus conocimientos y la medicina de entonces, sino también esa palabra de ánimo que todo enfermo necesita para superar la instancia..


Recorría incansablemente la ciudad en una bicicleta.

 

Don Zatti
Nació en Italia, y como parte de la época, vino de adolescente a Argentina para escapar del drama del hambre y la desocupación en Europa.


Desde el puerto de Buenos Aires, en 1897, se trasladaron a Bahía Blanca, donde trabajó en una fábrica de baldosas. Frecuentaba la la Parroquia Nuestra Señora de la Merced en Bahía Blanca, atendida por salesianos.


En 1902 contrajo tuberculosis y viajó a la ciudad de Viedma para curarse.


Allí le hizo una promesa a la Virgen María que si se curaba de su mal se consagraría al cuidado de los enfermos en el entonces Hospital San José de Viedma.


Repuesto de su enfermedad comenzó con su largo peregrinar como enfermero de los pobres.


Trabajó durante 48 años en el Hospital San José.


El 19 de julio de 1950 cayó de una escalera, y en ocasión de ese accidente se manifestaron los síntomas de un cáncer que él mismo diagnosticó.


Continuó con el cuidado de su misión durante unos meses hasta que su enfermedad lo incapacitó, aunque mantuvo su lucidez hasta el final.


Falleció el 15 de marzo de 1951 a los 70 años de edad.


Sus restos descansan en el Instituto San Juan Bosco de Viedma.

 

El monumento
Desde hace casi un año luce la restauración realizada sobre el monumento a Artémides Zatti, en la histórica esquina de Rivadavia y Guido, en el hospital que con absoluta justicia lleva su nombre.

 


Don Zatti falleció en 1951 y a los pocos años, se erigió el monumento en la esquina del nuevo hospital, inaugurado apenas unos años antes de su partida.


Desde entonces allí se mantuvo, y por iniciativa del periodista Carlos Espinosa, aceptada por el vicegobernador Pedro Pesatti, comenzaron las gestiones para su puesta en valor.


La estatua que recuerda al “Enfermero santo de la Patagonia” se levantaba en esa esquina desde 1956, apenas cinco años después del fallecimiento de Don Zatti.


Ese monumento fue inaugurado frente al hospital viedmense el 19 de mayo de 1956, y es una obra del escultor argentino Luis Perlotti.


El objetivo en 2016 era recuperar esas tres piezas de la escultura, para darle mayor valor y presencia, a partir de la creación de un pasaje y un descanso que permita admirar aun en lo profundo, la obra de Don Zatti.


Cabe recordar que fue el Colegio de Arquitectos la entidad que promovió conjuntamente con la Legislatura rionegrina la restauración del homenaje, con la intervención del arquitecto Gerardo Mayer y su equipo.


“La obra (monumento a Zatti a restaurar) tiene tres partes: el busto que muestra al enfermero con su beatífica sonrisa, sosteniendo un crucifijo en la mano izquierda y extendiendo la derecha en actitud de dar; acompañado por dos bajos relieves, que lo muestran en actitudes comunes de su vida, la atención de un paciente y la recorrida por un barrio, con su infaltable bicicleta”, dice Carlos Espinosa en una de sus crónicas de Perfiles y Postales.


Preciosamente fue el periodista e historiador, admirador también de Zatti y de su obra, Carlos Espinosa, el encargado de requerirle al vicegobernador Pedro Pesatti, la posibilidad de encarar el proceso de recuperación del monumento.

 

No me hagan hablar

Zatti carga cada día la cruz del sufrimiento propio y del ajeno. Y así como llora al sentirse impotente al dolor de sus enfermos incurables, sufre sin quejarse por el cansancio acumulado o por la plata que nunca alcanza. Pero el momento de su calvario llega con la demolición del hospital que le ha costado tantas fatigas.

El nuevo obispo de Viedma quiere construir allí una residencia. Y el terreno le pertenece. Zatti calla, llora y organiza la mudanza. Hay que comenzar todo de nuevo, en la quinta que los salesianos tienen en las afueras de la ciudad; no falta quien tire la lengua esperando arrancarle alguna crítica.


Pero sólo escuchan de él un lamento: “No me hagan hablar”. Y armándose de valor explica a los enfermos: “Los repollos crecen mejor cuando se transplantan”.

(EXTRACTO APP)
 

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