Por Facundo Andrés Brizuela.
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Se estaba por disputar el primer clásico de la temporada. La cancha de Deportivo Viedma vibraba desde mucho antes. Era mi primer clásico como espectador en vivo. Pisaba la cancha junto a mi familia a disfrutar de un espectáculo que es parte del folclore de las dos ciudades unidas y enfrentadas por los colores de sus equipos.

 

En la tribuna visitante, Atenas, todo el griego amuchado en los tablones habilitados (el 50%), pegados, transpirados de cantar y saltar. No era para menos. Se venía el primer clásico 2017/2018 después de 8 victorias seguidas en la temporada anterior. Los más osados vestían sábanas blancas haciendo alusión al fantasma del clásico para el local.

 

El Griego, de una manera torpe e increíble perdió en el último segundo por 1 punto, los fantasmas se diluyeron para Deportivo, y se volvieron en contra para el griego que, desde ese momento tiene pesadillas.

 

¿Por qué comienzo con esto? Porque siempre un clásico trasciende la importancia real de lo que son, simplemente, los dos puntos que están en juego.

 

Antes de escribir esta columna, tuve una extensa charla con el gran Miguel Volcán Sánchez, con quien hacíamos una clara diferencia entre lo que significa cuantitativamente un clásico, lo que pesa en la cancha y lo que necesita el entrenador.

 

En ese momento, el único que piensa en el equipo es el entrenador, el único que tiene claro que necesita esos dos puntos tanto como los del partido anterior o posterior es el DT, pero sabe que la presión del entorno pide este partido como si valiese 10 puntos, como si fuese el pasaporte al éxito de la temporada, entonces la cosa se pone espesa, las estrategias se agudizan y la presión se respira.

 

 

Por otro lado los dirigentes llegan mejor peinados, hay más niños vistiendo la camiseta del equipo, los medios preguntan mejor y actúan estar más afilados. ¿Y los jugadores? llegan a la cancha con el celular colmado de mensajes de aliento que se traducen en presión, con el abrazo más fuerte de la vieja, la novia o el hijo, con la responsabilidad de no pasar papelones y la ilusión de ser el jugador del partido, en el "juego más importante".

 

En definitiva, señores, el equipo ganador se va con dos puntos en la bolsa y el otro con la mochila de anotaciones más liviana, con la revancha en el próximo partido en apariencia menos importante, pero igual a la hora de escalar la tabla.

 

El verdadero fantasma de un clásico, al final del cuento, somos nosotros, los que "caldeamos" el clima, los que en buena hora le ponemos un poco de picante a este menú del básquet que por momentos se vuelve rutinario y sin sabor, los que pagamos la entrada, los que desde afuera a veces somos los responsables de que dirigentes y equipo técnico tomen decisiones apresuradas, dejandose influenciar por una crítica aguda que necesita un periodista, una puteada del auspiciante o la vergüenza sobrevaluada de salir de la cancha con cánticos provocadores del ganador.

 

A no marearse, ésto va para todos: entrenadores, jugadores, hinchada, dirigentes, auspiciantes, periodistas. Son dos puntos, los más lindos de ver. Es un partido que vale la pena ser vivido, disfrutado y luego a mirar para adelante.

 

 

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