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Escribo esto sin saber cómo pasó. Y en realidad, tampoco me importa mucho. Ayer, por un llamado de Gustavo Cirelli, me entero de que Hugo Cañón se había matado en un accidente, en la ruta a Bahía Blanca. Lo chequeo con un par de amigos, que trabajan con Hugo desde hace años. La noticia de mierda es cierta. No entienden nada, me hablan de que chocaron dos autos, que seguramente volvía a Buenos Aires después de las Fiestas. Y de repente, me sale un comentario estúpido: ‘No puede ser, si la semana pasada le comenté algo de una nota, y quedamos en vernos‘.


La cita era por una investigación sobre un diario golpista centenario que circula en Chascomús. ‘Hablemos, son los Massot de la laguna‘ (NdR: por Vicente, el dueño del diario bahiense La Nueva Provincia), me soltó, y quedamos en un encuentro que nunca será por una muerte estúpida.


Pensé en lo idiota que significa terminar la vida así, después de salvarse de los aprietes de la dictadura cívico-militar, de los atentados de la Marina, de los operativos parapoliciales que le tendían en Bahía los genocidas compinches de La Nueva Provincia. Deben estar contentos esos miserables, aunque no lo digan, porque ni siquiera con los enemigos conviene exteriorizar alegría cuando se mueren.


Gran parte de la media que el país dio vuelta en los últimos años en materia de Memoria, Verdad y Justicia se le debe a Hugo.


A fines de los noventa, cuando Argentina era una fiesta para los grupos poderosos como ahora, y juzgar a los asesinos y a los ladrones de bebés era impensado, gracias a él pudieron motorizarse los Juicios por la Verdad. Que sin sentencia oficial, pero siguiendo todas las etapas de instrucción, testimonios y alegatos, ‘llevó‘ al banquillo a los que después, con Néstor Kirchner, se sentaron en serio.


Con Bahía tenía una relación de amor y odio. Quería a su ciudad de una manera enfermiza. Pero lo enojaba su corrimiento histórico hacia la derecha más retrógrada. Una vez, me lo comparó con aquella baguala que canta Atahualpa, del paisano que añora a un amor no correspondido: ‘Tengo un dulzor amargo cuando me acuerdo‘.


Un abrazo, Hugo. Gracias por abrir aquel camino, para que los malos estén en el lugar que se merecen.

 

Por: Daniel Enzetti

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