Por Marcial Biageti.
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Más allá de la modernidad que con su mensaje de globalidad invade todo el quehacer nacional, las reglas que nutren el poder y la generación de políticas siguen intactas. Es por eso que el fenómeno de rechazo a la política como la actividad de cuya mano vendrán las soluciones arrastra a los partidos, que de herramientas centrales del sistema democrático han devenido en un elemento más de los que se requieren para transitar el proceso democrático.


 La debilidad del sistema de partidos genera espacio a estructuras que los reemplazan en la construcción del poder. En todos los extremos: la izquierda se refugia en la movilización con la calle como escenario central, mientras la derecha se vale de las corporaciones económicas, los medios de comunicación, las redes sociales. Hay una estructura, o mejor dicho una superestructura que involucra los dos extremos del arco político y quien la controla tiene más de la mitad del camino hacia el ejercicio del poder. Nos referimos a su majestad el gobierno, mejor dicho al Estado y su aparato administrativo político.


 El kirchnerismo devino en una máquina de relatar ideología y adquirir voluntades en una década inédita de viento a favor que se expresó en crecimiento a tasas chinas de la mano de los precios de los comoditis y el petróleo. El estado kirchnerista incluyó utilizando como arriete el aparato del Estado. Programas, universidades, becas, pensiones, jubilaciones, cooperativas, pautas publicitarias, ahora doce y dieciocho, tarifas subsidiadas y cien prebendas más sumadas a ocultar pobreza, negar inflación y falsear estadísticas convirtieron al gobierno kirchnerista en una formación temible en la construcción de consensos electorales.


 En la década del setenta ese aparato, con los caracteres de la época, fue conducido y usufructuado por las Fuerzas Armadas. En 1983 la democracia y específicamente, Raúl Alfonsín, tuvieron que gobernar coexistiendo con el estado diseñado por los militares, cuyos tentáculos y hábitos sociales y culturales impregnaron, y pusieron en vilo, el accionar del gobierno democrático por más de una década.


 Alfonsín y toda la clase política fueron eficientes en consolidar el sistema democrático, en la transformación política y cultural de la sociedad, tanto en la transición como en la continuidad del sistema más allá de los eventos de Semana Santa y La Tablada.


 La salida del populismo kirchnerista votada por hace ya casi tres años no está siendo eficiente ni en lo político ni en lo cultural por parte del macrismo que en muchos aspectos tiene rémoras del proceso que viene a reemplazar. Y los desaciertos liman el poder, ponen en peligro la continuidad y el camino más tentador es caer en la utilización de las herramientas de las que usó y abusó el gobierno anterior. Y otra vez recurrimos al uso del aparato del Estado como gran elector, aunque ahora más acotados por la ausencia de financiamiento y desde este mes en el marco de nuestro proveedor de soluciones, el Fondo Monetario Internacional.


 Nadie queda fuera de este cuadro, o mejor dicho solo quedan afuera los que no tienen acceso al aparato del Estado, que es el único y gran partido político. Mucho más en los distritos provinciales donde el accionar del gobierno se mueve en soledad. De allí que un gobierno medianamente eficiente no debiera poner en peligro su continuidad de cara a las elecciones del año entrante. Si el gobierno no se equivoca, sigue.


 Quien más lo tiene claro en Río Negro es el gobernador Alberto Weretilneck, limitado en una cuestión esencial como la cláusula constitucional que impide un tercer mandato. Por el lado de la oposición es nítida la instalación de Martín Soria, con los nubarrones que puede transformarse en tormentas en la medida que el gobierno y Weretilneck desarrollen su estrategia. La endeblez política también erosiona las expectativas de Soria porque está a tiro del accionar de un gobierno que se disponga a esmerilarlo, hacia afuera y hacia adentro. Una tarea que aun no ha comenzado pero que preanuncian las reglas naturales de la pelea política.


 Weretilneck en su calidad de Gobernador que se centralizó en mantener aceitado el aparato del Estado, haciendo de la relación con los gremios y el financiamiento del empleo público que define como ‘paz social‘ y lo promociona como si se tratara del ‘New Deal‘ de Franklin Roosevelt. Por esta razón conservar el gobierno de Río Negro se exterioriza en lo que haga el Estado provincial, es decir, el Gobernador. En este sentido el Plan Castello, uno de los últimos préstamos que ingresaron a las provincias, es un caballo de batalla que además de obras expresa una vocación de poder. En tiempos de pragmatismo desembozado, trescientos millones de dólares en el corto plazo no mostrará obras concluidas pero en lo inmediato aceitará una caja política similar a los panzer alemanes avanzando sobre Francia en los comienzos de la Segunda Guerra.


 El arco no peronista rionegrino requiere de conducción y estrategia, que por lo dicho, una centralidad que se expresa en Weretilneck. Una centralidad que debiera ser periférica para ser efectiva en la maniobra más dúctil y difícil de la política que es la transición. Que requiere ductilidad y construcción de consensos, con el gobierno y su accionar como herramienta aglutinante. Un Gobernador que tiene que estar sin estar. Los obstáculos se observan por el lado de la relación con el gobierno nacional, el alineamiento de la propia tropa y la incorporación de cuadros propios y en alianza que oxigenen la actual propuesta.
 Aparecen las primeras señales de estos nuevos rumbos, como el disenso que generan las pretensiones del vice gobernador Pedro Pesatti a protagonizar la nueva etapa. Brindarle un canal de competencia, a Pesatti y otros, formará parte de un rumbo de inclusión donde nadie puede darse el lujo de que la sangre llegue al río.


 Al final del camino siempre emergerá la realidad, la dura realidad donde se estrellan ambiciones y proyectos, que es su majestad omnipresente: el gobierno y su aparato. Tan poderoso termina siendo que funciona sin necesidad de ideas ni grandes proyectos, tan solo basta sentido común y picardía que lleven la solución a las urgencias de todos los días.


 La conclusión no para nada feliz, más bien podría ser parte de un epitafio sobre el deterioro de la política como una herramienta de transformación en estos tiempos tan especiales.

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