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La semana que pasó ha estado marcada como siempre por la economía y, si se quiere, por los Sindicatos y su influencia en la vida de todos nosotros. Si bien pueden parecer temas lejanos, desde el impacto de la política cambiaria en una provincia exportadora como Rio Negro, hasta como se dará un marco normativo, o no, en Viedma a UBER, la vigencia local de estos temas es patente.


Ha habido esta semana dos temas en los cuales es innegable la influencia de los sindicatos. A saber, Aerolíneas y UBER. Ambos eventos confluyen de manera antojadiza en un período de tiempo acotado, aunque respondiendo a priori a fuerzas que se podrían definir como antagónicas. El campo de discrecionalidad ideológico de los actores políticos se hace cada vez más vasto. Siendo que el presidente señala someramente la inconsistencia que le genera que todos los argentinos financien Aerolíneas, a la vez que referentes de la izquierda elaboran defensas a UBER.


En un caso, el de UBER, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha tenido un gesto mayúsculo hacia Viviani y el gremio de los taxis. A pesar de existir fallos judiciales que establecen que la actividad es lícita, ha avanzado en una virtual prohibición del servicio. Cabe, en todo caso, meditar acerca de cómo una vez más el Estado se suple de sus prerrogativas para sostener esquemas poco eficientes. En el caso de UBER, se exige que los conductores tengan licencia profesional, monotributo y seguro.


Pero, más allá de esta discusión, el debate puede llevar eventualmente a soluciones. Se sin embargo desnuda cómo el Estado muchas veces abusa de su posición, a todas luces dominante. De no haber una empresa con el capital y la iniciativa para empujar esto, el ciudadano quedaría atrapado en el absurdo y la mafia.


En el otro caso, Aerolíneas. Las palabras de Macri señalan que el presidente interpretó como política la huelga sindical. Con una asistencia del tesoro de US$200 millones en lo que va del año, Los US$5.00 con los que subsidiamos a cada pasajero son mucho menos que los US$150 de 2011. Esto es verdad, también es verdad que en un presupuesto por lo menos magro, esto es mucho dinero.


En gran parte del arco político, las palabras de Macri agitaron el fantasma de la privatización. No parece posible en el corto plazo, siendo necesaria una mayoría parlamentaria con la que el gobierno, de tener esta voluntad, no cuenta.


Económicamente, un presupuesto cuasi-equilibrado, la línea de asistencia del FMI, un nuevo swap con China y una política monetaria contractiva han dado una posición de fortaleza cierta al Banco Central argentino. Como hablamos la semana pasada, la asignatura pendiente es, siempre, que esta calma redunde en una baja de tasas.


Como era una posibilidad cierta, la nueva política de restricción monetaria extrema dio su primer resultado. El dólar está a punto de perforar los $35,30, previstos como piso de la banda de flotación en el día de hoy. A partir de aquí, el BCRA queda habilitado para intervenir en el mercado cambiario realizando compras de hasta US$150 por día. Ahora, no es la única posibilidad que haga uso de esta prerrogativa. Una nueva normativa, que circuló informalmente en la mañana de este viernes, habla quizás de otros planes.


Hagamos un paréntesis y hablemos en criollo. Hoy, la situación cambiaria está sostenida en parte por una cierta cantidad de fondos que llegan desde el exterior y se hacen de pesos en busca de las altas, extremas, tasas. Estos fondos, de corto plazo, generan imprevisibilidad cambiaria. Baja la tasa y se van. El Banco Central no cree necesarios estos fondos para mantener al dólar dentro de los parámetros de flotación. Entonces, intenta deshacerse de ellos.


El establecimiento de encajes a los fondos que se ingresen del exterior y que se incorporen al carry trade, mal llamada bicicleta financiera, tiene una doble función. Por un lado, desalentaría el ingreso de estos fondos de perfil cortoplacista, aprovechando un momento y posición de cierta fortaleza del Banco Central para desterrar factores que pudieran generar alguna turbulencia en el sistema monetario, o hasta acelerar una eventual corrida cambiaria, caso que hemos visto en el pasado.


Por el otro, por supuesto, las expectativas de retiro de estos fondos generarán una suba del dólar. En Consecuencia, el mismo debiera alejarse del piso de su banda de flotación. Es un mensaje también de la nueva gestión del BCRA en el sentido de que no se utilizará, por lo menos en el corto plazo, el capital golondrina como ancla cambiaria.


Es una muy buena señal del Banco Central en plena expansión de estos capitales, ponerles un freno. En un contexto donde el nivel de tasas deberá tender necesariamente a la baja y el tipo de cambio tendrá una depreciación administrada, la herramienta del encaje no parece fuera de lugar. El equilibrio entre una baja de tasa y la calma cambiaria será la tarea de un central con apoyos inéditos, pero con desafíos de la misma categoría.
 

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