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Expoagro fue la sublimación de la nueva propuesta tecnológica amasada en estas pampas en las últimas décadas. Es el lugar donde se condensan todos los atributos de la Segunda Revolución de las Pampas, una fenomenal epopeya en la que se gestó una agricultura de enorme eficiencia e insuperable huella ambiental. Dos cuestiones las más de las veces antagónicas: los aumentos de productividad, en la vieja agricultura, tenían como contraparte una serie de externalidades negativas: alta demanda de energía, contaminación, erosión de los suelos, etc.


Aquí hemos desarrollado una agricultura “liviana”. La siembra directa es eso: menos kilos de acero por tonelada de producto obtenido. La sustitución del laboreo primario y secundario implica la eliminación del arado, cinceles, rastras de disco, cultivadores de campo, vibrocultivadores, rastras de dientes, escardillos, rejas aporcadoras y toda la parafernalia que usábamos hace tres décadas. Y que el mundo sigue usando, además de otros abominables instrumentos de tortura de los suelos como esas rastras activadas por toma de fuerza, rotovators y otras rémoras del pasado.


Es lo primero que vienen a ver los visitantes extranjeros. En Expoagro sólo se encuentran sembradoras para siembra directa. De todo tipo y con todos los avances del mundo. Para grano fino y grano grueso, mecánicas o neumáticas, con actuadores eléctricos o cajas de cambio mecánicas. Monotolva o con cuerpos individuales. Pero todas directas. Una sola pasada. Un tercio del gasoil que se quemaba en los 80.

 

Es notable, pero el consumo de gasoil modificó totalmente su matriz. Antes, el pico de demanda se producía en invierno y primavera. Ahora es en otoño. ¿Por qué? Porque se necesita más gasoil para cosechar que para preparar el suelo y sembrar. La siembra es una superficie, y se la cubre una sola vez. La cosecha es un volumen por tonelada, no por hectárea. Como la producción se triplicó, el consumo de gasoil en cosecha también lo hizo. Pero la ecuación termina con un resultado neto de mucho menos combustible por kg de grano producido. En otras palabras, una huella de carbono mucho más favorable.


El segundo elemento que atrapa a los visitantes son las pulverizadoras automotrices, que han experimentado un desarrollo fenomenal. Gran ancho de labor implica también ahorro de consumo, y encima la tendencia es a alivianarlas cada vez más. Aquí apareció el hito de los barrales de carbono, que permitieron saltar de un ancho de labor de 24 metros, a 36 y hasta 50 metros, prácticamente sin cambios en la estructura de la máquina. En Expoagro se vieron cinco o seis máquinas de fabricación nacional con este material compuesto, y por primera vez una compañía global como John Deere la mostró en su pulverizadora. Un desarrollo cien por ciento argentino adoptado por la líder mundial.


Mientras el mundo agrícola sigue en la edad de hierro, aquí buscamos transitar hacia otras formas. En la misma saga aparece el silobolsa, otro de los grandes atractivos para los visitantes extranjeros. Esta vez, una delegación de australianos y otra de sudafricanos, ratificaron el interés por un sistema que les está permitiendo resolver los cuellos de botella del almacenaje, con un sistema flexible, económico y, una vez más, liviano.


Si a esta eficiencia energética le sumamos la búsqueda permanente de mayores rindes, completamos el cóctel de la nueva agricultura. La que explica que cuando los granos argentinos llegan al mercado, los demás los guardan hasta que se nos terminen.

 

Esa es la esencia de lo que se vio esta semana en una Expoagro inolvidable.

 

Fuente: Clarín rural

 

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