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Incorregibles son aquellas personas que por su dureza y terquedad no quieren enmendarse. A lo largo de las últimas siete décadas, el peronismo condujo los destinos del país, el 70% de los años vividos en democracia, con ropajes de derecha, centroderecha, centroizquierda o izquierda, pero siempre con la misma metodología. Fueron décadas en las cuales imperó el señorío arrogante de líderes políticos carentes de valores republicanos.

 

Durante dicho lapso, se dilapidaron los valores que hacen grande a una nación. Así, la Argentina se deslizó en un tobogán sin fin, en el que descendían la economía, el trabajo, la cultura y la educación.

 

El propio ex presidente Eduardo Duhalde, según nota de Infobae de marzo de 2017, hizo una autocrítica a los años del peronismo en el poder: ‘Lo que se hizo hasta ahora estuvo muy mal‘ y ‘el país está peor, ya que hay más pobres y el delito organizado sigue avanzando‘.

 

En el siglo de la información y de la comunicación, más que nunca, los comportamientos comunican, porque tienen el valor del mensaje, tanto por la acción como por la omisión. El silencio de sus principales dirigentes ante graves prácticas antidemocráticas y destituyentes, como frente a las pruebas contundentes de los llamados cuadernos de la corrupción kirchnerista, habla por sí solo.

 

No surgen líderes dentro de ese espacio político con capacidad de autocrítica, ni con la inteligencia, independencia y fuerza necesarias para modernizar un partido herido, como resultado de su fracaso reiterado en la gestión de la cosa pública.


La pobreza en niveles del 30%, la escandalosa corrupción, la falta de cultura del trabajo, la manipulación de las estadísticas oficiales, el crecimiento del delito organizado, son algunos de los resultados de los últimos 12 años del Gobierno peronista kirchnerista.

 

Ese comportamiento doloso de hacer política, para el enriquecimiento personal y de familiares y amigos, fue un mensaje que interpretó acabadamente la sociedad argentina, gracias a técnicas de comunicación cada vez más eficaces y seductoras. Fue así como el relato sucumbió en las elecciones presidenciales de 2015 y fue enterrado en las de medio término de 2017. En ambas elecciones la ciudadanía expresó la necesidad de un cambio.

 

La lectura pública que hace la gran mayoría de los argentinos del mensaje que da el peronismo no es otra que la siguiente: ‘Queremos recuperar el poder a cualquier costo‘, incluyendo la protección de quienes saquearon al Estado.

 

Luego de la corrida cambiaria y de sus graves secuelas, seguramente hay más argentinos decepcionados con la gestión del Gobierno nacional. Pese a ello la gran mayoría sigue pensando en la necesidad del cambio en la manera de hacer política.

 

Según Dominique Wolton, uno de los principales referentes intelectuales europeos en teorías de la información y de la comunicación: ‘La comunicación política es el espacio en el que se intercambian los discursos contradictorios de aquellos tres actores que poseen la legitimidad para expresarse públicamente sobre política; ellos son los políticos, los periodistas y la opinión pública, a través de las encuestas‘. En ese espacio el PJ emite mensajes más próximos a los de la ley del silencio, la ventaja y el caos que a los de la búsqueda sincera del bienestar de la población. Pareciera desconocer que información ya no es más sinónimo de comunicación, dado que la comunicación se logra cuando el receptor, cada vez más autónomo y crítico, se apropia del mensaje.

 

Es así como sigue mostrando, tercamente, una mirada que atrasa, porque no logra hacer una buena lectura pública de las aspiraciones de la sociedad.

 

Como bien decía Jorge Luis Borges: ‘Los peronistas no son ni buenos ni malos; son incorregibles‘.

 

Por Héctor Crespo Figueras.
Para Infobae.

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