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Apenas pusimos un pie en la secundaria, que llevaba el nombre de un pedagogo argentino que había nacido en La Plata a comienzos del siglo XX, nos dieron a entender de manera práctica que uno de los objetivos de esa escuela sería aprender a cooperar. Más que competir, tendríamos que colaborar en grupo. Las escalas numéricas para calificar nuestro desempeño por supuesto subsistirían de todos modos, pero no había semana en que no escucháramos el eslogan favorito: “Van a trabajar en equipo”.

 

En materias como Geografía e Historia, los distintos equipos, a su vez, cumplíamos funciones complementarias. No se trataba tanto de ver qué equipo presentaba el “mejor” trabajo sobre la Guerra Fría o las consecuencias nefastas de la erosión del suelo en varias provincias argentinas, sino de qué aspecto del problema o acontecimiento se ocupaba cada grupo. El día en que tocaban dos horas de la materia en cuestión se hacía una “puesta en común”. Mediante la experiencia, descifrábamos el sentido de esas expresiones novedosas.

 

Como íbamos a una escuela mixta, los equipos estaban integrados por chicas y chicos. Nos turnábamos para reunirnos en alguna casa y trabajar en equipo hasta la hora de la merienda, cuando cerrábamos las carpetas, los manuales o los fascículos que habíamos retirado de la biblioteca escolar. Si no recuerdo mal, la biblioteca no había sido bautizada. Hoy el espacio de la biblioteca se convirtió en un aula más de la escuela y la biblioteca se redujo a tres o cuatro estantes en un cuarto similar al lavadero de una casa en los suburbios. Los trabajos en grupo de ciencias naturales llegaban cuando terminaba el invierno.

 

Después de la puesta en común, la profesora empezaba a hilvanar conclusiones de uno y otro equipo, como si fueran piezas de un rompecabezas verbal que adquiría a veces la forma de un relato; otras, la de un informe, y otras, la de una secuencia. No siempre quedaba todo claro. Desde entonces, cuando leíamos capítulos de manual o un libro que no alcanzábamos a entender del todo, seguíamos adelante. En algún momento, los sentidos llegarían. O no.

 

“En las últimas décadas, el trabajo en equipo se ha impuesto en el aula -cuenta Paula Novoa, docente y poeta-. Los motivos sobran: proporciona distintas miradas sobre un mismo contenido, se resuelven problemáticas a partir de diferentes criterios, fortalece el diálogo y el aporte de cada estudiante se resignifica porque será interpelado por otro. El trabajo colaborativo enriquece las relaciones interpersonales y rescata las fortalezas de cada uno”. Novoa sostiene que algunos trabajos cooperativos permiten desarrollar capacidades y destrezas que individualmente no se podrían explorar. Entre nosotros, la compañera tímida que nunca participaba en clase, por ejemplo, revelaba una mente sintética increíble durante las tardes de trabajo en equipo.

 

Novoa agrega que varios cursos ya tienen esa modalidad, conocen los roles que cada uno de los chicos desempeña y se organizan entre ellos. “Cuando esto pasa, se produce la magia y pienso: Lo entendieron todo. Pero esto no ocurre siempre. El año pasado, por ejemplo, en una escuela del conurbano, uno de los cursos mostraba cierta apatía y problemas vinculares. Se nos ocurrió crear un periódico mural haciendo hincapié en el trabajo cooperativo. Cada grupo se hizo cargo de una sección e indagó distintas tipologías textuales. Después de esa actividad, no solo cambió el clima del curso sino que, además, los chicos decidieron tomar las riendas del periódico y este año fueron ellos quienes propusieron con entusiasmo continuar el proyecto. El resultado fue óptimo: todo el curso trabajó para un fin, mejoraron vínculos y ganaron autonomía como equipo”.

 

En los primeros años 80, nosotros también habíamos hecho un diario de un solo número en el tercer año de la secundaria. En el reparto de actividades, me había tocado ocuparme del horóscopo de mis compañeros y docentes. “Aprobarás a todos tus alumnos de tercer año que trabajaron en el diario escolar”, había escrito en la predicción correspondiente a la profesora de Castellano. Y así fue.


Por Daniel Gigena para La Nación.
 

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