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Las paradojas del fútbol se permiten algunas escenas deliciosas: que el arquero del modesto Randers, un club de Dinamarca fundado en 2003, le gane al mejor jugador del mundo es una de ellas. Si este deporte maravilloso sigue siendo el elegido por millones de espectadores es también por historias salidas de un cuento, como la que se escribió en el estadio del Spartak una cálida tarde de junio. Hannes Halldorson se lleva el premio al mejor del partido, un mérito que lo tendrá en la cancha incluso cuando el público ya haya despoblado las tribunas, mientras Lionel Messi ya sabe que tampoco este Mundial, el cuarto de su carrera, será sencillo para él: el argentino más determinante se va rabioso, pateando una pelota de la bronca, por haber fallado un penal.

 

La selección, al cabo, deberá remar ya desde el comienzo del Mundial después de haber empatado 1-1, un resultado estadísticamente preocupante: no se iba sin ganar su primer partido en un Mundial desde Italia ’90, cuando cayó ante Camerún. Los fríos números, de todas maneras, no alcanzan para explicarlo todo. Porque más allá del empate, que bien pudo ser un triunfo ajustado, la selección se mostró como un equipo en construcción, aunque la Copa ya ruede. Derivaciones de un proceso complejo, que no se agota en el año que lleva Jorge Sampaoli como entrenador, tal como lo había puesto en palabras Nahuel Guzmán unos días atrás: ‘Los argentinos somos exitistas y vamos a querer salir campeones. Es lógico, pero no deberíamos olvidar de dónde venimos‘. Es lo que hay.


‘A veces hay que dejar de lado el gusto personal para atender las necesidades del equipo‘, había dicho el entrenador la tarde anterior, aquí mismo, para justificar su elección de juntar a Mascherano y Biglia, dos volantes hechos con un molde similar. Habían pasado apenas 52 minutos de partido cuando decidió retroceder: adentro Banega, el mediocentro del que tanto esperaba cuando asumió su cargo, afuera Biglia. El cambio de figuritas, una declaración de arrepentimiento también, procuró contar con un pase de salida más claro y agresivo. Los intentos del volante no fueron una solución lujosa, pero al menos evidenciaron que la lectura previa había sido incorrecta; si la Argentina tuvo la pelota el 73 por ciento del tiempo no fue por el aporte de los dos números 5: fue porque a Islandia ni le interesó disputar la tenencia.

 

En ese cambio andaba el equipo cuando el árbitro cobró la falta a Meza en el área, una situación inmejorable para volver a adelantarse en el resultado. Con el penal atajado por Halldorsson a Messi, entonces el guión se volvió apasionante. Islandia decidido a resistir alrededor del balcón de su arquero, un director de cine que ya se había ganado el primer plano; la Argentina buscando a Messi, que imantaba a sus compañeros, entregados ellos a pasarle todas las pelotas. Y en esa lógica llegó el final, celebrado como vikingos por los islandeses, debutantes en la historia del torneo.

 

Todo lo contrario a la parsimonia proponía Islandia cuando podía galopar: se agrupó atrás, como podía esperarse, pero intentaba aprovechar cada posesión para intimidar con la altura de Finnbogason, que tenía la inteligencia suficiente para ubicarse del lado de Salvio, por donde ganaba siempre. Estaba algo desconocido Otamendi, el general que Sampaoli tiene en su área: dubitativo en algunas pelotas, llegó a cometer el sacrilegio de dejar picar una que venía por alto, que el 11 rival controló y casi transformó en el segundo gol, cuando estaban 1-1. Bastante ya tenía la selección con los problemas en la salida.


Messi para todo y contra todos, como tantas veces, fue la imagen que dejó la Argentina en el tramo final del juego. Tuvo el mérito de haber intentado a pesar del impacto del penal fallado. Pero las sociedades trabajadas en los 34 entrenamientos previos, un activo con el que el entrenador contaba, no lucieron como se podía esperar. No era fácil, claro, como tampoco lo será el paso siguiente: incómoda por este empate, ahora la selección tendrá que ganarle a Croacia y también a la inquieta sensación de urgencia nacida aquí.


Por: Andrés Eliceche para La Nación.
 

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