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En la bella película Il Postino, Mario Ruoppolo, cartero de una aldea de pescadores del sur de Italia, descubre la poesía de la mano de un residente ilustre hasta cuya casa debe ir todos los días a alcanzarle la profusa correspondencia que le llega al correo. En la ficción, esa persona es Pablo Neruda.


A lo largo de una trama agridulce, el personaje inspirado en el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada lo invita a mirar con nuevos ojos las maravillas que habitan en su pequeño mundo, a descubrir sugerencias insospechadas en las mil formas de las olas o en los sonidos de ese poblado que parece suspendido en el tiempo. La poesía que habita en todas las cosas. Para que Mario entienda de qué le habla, Neruda le explica esa singular cualidad sirviéndose de ‘metáforas‘, una figura literaria que Mario se esfuerza por entender y que repite como un mantra que puede elevarlo por encima de su realidad cotidiana.


He aquí un punto de contacto entre dos creaciones humanas que pueden parecer antagónicas, pero que comparten la misma fascinación ante los misterios del mundo, la ciencia y la poesía. Más allá de su utilidad, lo que enamora de la ciencia es que, tras su muro de abstrusos términos técnicos, es, como la poesía, una generadora de metáforas que hacen volar la imaginación. Basta con conversar con alguno de los físicos que estudian temas de frontera para sentirse Alicia del otro lado del espejo. En sus teorías, ellos hacen malabarismos con la eternidad y el infinito con la misma familiaridad con que, bajo la carpa del circo, diestros saltimbanquis hacen equilibrio sobre una cuerda mientras lanzan al aire y reciben con inverosímil rapidez objetos coloridos.


En jornadas que reúnen a las mentes más brillantes del momento, por ejemplo, se baraja la hipótesis de que nuestro universo es ‘un holograma‘, como sostiene el premio Nobel Gerardus ’t Hooft, que no hace mucho pasó por el Instituto Balseiro, en Bariloche.


Entre otras cosas, allí se discutió sobre qué ocurre en las regiones más enigmáticas del universo, los agujeros negros, esos objetos que desafían las leyes de la física relativista. En la geometría extrema que da lugar a estos cuerpos, descriptos como modelos matemáticos antes de que se contara con evidencia alguna que delatara su existencia, la gravedad es tan poderosa que todo lo devora, y nada, ni la luz, puede salir. Si las teorías actuales son correctas, allí se verifican los fenómenos más extraños que puedan imaginarse. Por ejemplo, el tiempo corre más despacio, y desde la perspectiva de un observador externo eventualmente se detendrá.


Como cuenta Hawking en su Historia del tiempo, si un astronauta se aventurara en su interior y les fuera enviando señales a sus compañeros que aguardan ‘afuera‘, a medida que avanzara, los intervalos entre estas serían cada vez más largos hasta que, entre la penúltima y la última transcurriría... una eternidad.


Se piensa que dentro de los agujeros negros hay un punto en el que la densidad y la curvatura del espaciotiempo llegan a ser infinitas y conforman lo que los físicos llaman una ‘singularidad‘. Es más: según sugieren sus ecuaciones, ocurre algo muy loco: el tiempo se convierte en espacio y el espacio, en tiempo.


También contemplan la posibilidad de que se den dos agujeros negros con un único interior. En una reciente charla en el Centro Cultural de la Ciencia, Juan Martín Maldacena describió este fenómeno como ‘un animal con dos cabezas‘ que podría unir regiones que están a millones de años luz de distancia.


El año último, en un esfuerzo por obtener la primera imagen del ‘horizonte de sucesos‘ de una de estas bestias salvajes, se enfocaron ocho poderosos radiotelescopios hacia el que habita en el centro de la Vía Láctea. Más de cien científicos están procesando los datos reunidos. Tal vez pronto nos sorprendan con una maravillosa metáfora cósmica. Poesía ciento por ciento.

 

Nora Bär
LA NACION

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