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Más que en cualquier otro arte, es en la música donde encontramos una insinuación de trascendencia. La idea romántica de la ‘música absoluta‘ no se refiere solamente a la música que renuncia voluntariamente a la palabra, sino que indica sobre todo un pasaje de acceso a lo absoluto, la evidencia de una aspiración. La música rodea lo indecible en vez de aferrarse a lo ‘dicho‘. La música es ese lenguaje más allá del lenguaje.


Daniel Barenboim hizo una vez una observación insoslayable sobre este punto. ‘Hay una cosa que la música tiene en común con la religión: la búsqueda del Uno. Música es cuando todos los elementos musicales entran en una unidad‘. La frase, como pasa siempre con Barenboim, es muy perspicaz y tiene los pies sobre la tierra, y eso quiere decir que no se sale de la realización musical en su sentido bien material. El Maestro se pone siempre en guardia contra los abusos metafóricos o las sobreinterpretaciones anecdóticas que tienden a escuchar la obra como un efecto de la vida. Para él, cualquier cosa que digamos de una música dice más de nosotros que de la música misma. ‘Lo único explicable de la música es su inexplicabilidad‘, me dijo.


Pero la trascendencia sigue allí como interrogación, y esa pregunta intentaron responder, por un lado, Michael Marissen en su libro Bach &God (sin traducción al castellano) y, por el otro, Fernando Ortega en El Dios de Mozart. El Mozart de Dios, recién publicado por Agape.

 

Según Marissen, los musicólogos ignoraron o malinterpretaron una fuente privilegiada, que de tan a mano pasa inadvertida: su ejemplar de la Biblia de Calov (la traducción alemana de Lutero con los comentarios de Abraham Calovius). Ya en La música en el castillo del Cielo, el director John Eliot Gardiner había anotado que ‘Bach comprendió que cuanto más perfectamente realizada fuera una composición, conceptual e interpretativamente, tanto más Dios es inmanente en la música‘.

 

Marissen no está acuerdo. Un luterano como Bach, dice, habría condenado como un pecado de idolatría cualquier noción de que una pieza de música fuera o pudiera convertirse ‘en la esencia de Dios‘. Marissen revisa a fondo los libretos de las cantatas, pero va más allá y encuentra atisbos cristológicos incluso en La Ofrenda Musical, de Bach, puramente instrumental.


Pero aquello que parece muy claro en el luterano Bach lo es menos en el católico Mozart, aunque, hay que decirlo, uno y el otro nos dejaron ejemplares de sus Biblias muy manoseados de tanto leerlos. Es por eso que el estudio de Ortega resulta tan valioso. El Dios de Mozart. El Mozart de Dios debe ser leído como un díptico. Para el teólogo Gerardo Söding, se trata del doble movimiento de ‘inspiración‘ y ‘aspiración‘. Ortega no deja ningún rincón sin explorar y su libro es extraordinario por la manera en la que despliega la experiencia mozartiana de la fe católica no solamente en sus misas (la de Coronación, la en Do menor, el Requiem) o en el Ave verum corpus, sino también en las óperas y en piezas menos frecuentadas como el Adagio en Si menor. En la charla informal después de la presentación, el maestro Guillermo Scarabino hizo una recomendación de la mayor sensatez y que conviene a cualquier lector: buscar el disco o la partitura de cada pieza que nombra Ortega.


Söding contó otra anécdota. András Schiff tocaba en Roma alguna (o algunas) sonatas para piano de Beethoven. Hubo una sola pieza fuera de programa y era un preludio del primer libro del Clave bien temperado. Cuando Schiff terminó, se abrió el claro del silencio. Lo rompió una sola palabra del público: ‘Grazie!‘. Ni ‘Bravo!‘ ni un aplauso. ‘Grazie!‘. Y hablando de gracias, una frase que Benedicto XVI dijo en 2006: ‘Oyendo la música de Mozart, queda en mí un agradecimiento porque él nos haya regalado todo esto, y un agradecimiento, porque esto le haya sido regalado a él‘. Démosle también las gracias a Ortega por dejarnos leer la oculta religiosidad mozartiana.


Por: Pablo Gianera

La Nación

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