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En uno de sus pensamientos recopilados póstumamente con el título de Máximas y reflexiones, Goethe observa insidiosamente que para muchos la fe es como una caja de ahorro a la que recurren en caso de apuro. El escepticismo religioso de Goethe fue ya objeto de discusiones y tanto Romano Guardini como Hans Urs von Balthasar se esforzaron para rehabilitar la espiritualidad de su pensamiento. Pero esa es otra historia. Lo que importa en estos días es qué relación mantenemos con la fe: si es simplemente instrumental o, en cambio, desinteresada de nosotros mismos.

 

En la misma dirección de Goethe, Daniel Barenboim me dijo un mediodía de hace algunos años: “Respeto a todos los creyentes de todas las religiones, menos a los que creen cuando tienen miedo”. Es claro, esa manera de vivir la fe, aunque humanamente tan comprensible -tan humana- no llega al fondo precisamente porque no establece con lo divino una relación desinteresada, la misma que concentran de un modo irrefutable esos versos españoles de atribución incierta y que se remontan acaso al siglo XVI: “No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte/ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido”.


Tengo la impresión de que mi percepción de la Pascua fue cambiando en el lapso breve (ya no tan breve) de mi propia vida. Cuando era chico, la experiencia del misterio pascual era muy intensa, y para mis ojos infantiles más conmovedora que la Navidad. Lecturas posteriores -no necesariamente lecturas teológicas sino literarias, como las de los poetas Joseph von Eichendorff y Clemens Brentano- profundizaron y decoraron el misterio. El arte, como las muletas, nos ayuda a caminar; finalmente, el arte, como nos informó el filósofo Theodor Adorno, es apariencia de aquello que la muerte no puede alcanzar. Ahora, en cambio, no veo más que continuidades.


Recordemos que Israel heredó la fiesta de la Pascua de la cultura de los nómades, que trazaban con sangre de cordero un círculo alrededor de las tiendas. Era una manera de defenderse de la muerte en el desierto. La Pascua evoca ese tiempo en que Israel era un pueblo sin hogar, en camino y sin patria. Pero esta fiesta nos recuerda que también nosotros seguimos siendo nómades; en cuanto hombres, nunca estamos en casa, sino más bien siempre de paso, y que por eso nada nos pertenece. Creo que el emblema por excelencia del romanticismo alemán, el Wanderer (el caminante, el peregrino) hunde sus raíces en esa evidencia de la Pascua. Somos peregrinos, y desde ese punto de vista tendríamos que entender la tierra. Nos dijo Joseph Ratzinger, muchos años antes de ser Benedicto XVI: “Quien se zambulle en el mundo, aquel que ve en la tierra el único cielo, hace de la tierra un infierno”. ¿Cómo es esto? El propio Ratzinger ofrece una explicación luminosa: quien hace eso, fuerza a la tierra a que sea lo que nunca podrá ser; nadie puede poseer en ella la realidad definitiva.


Los misterios que yo entreveía cuando era chico en la Pascua eran casi el lado opuesto del modo en que mi madre vivía esos (estos) días. A ella, el terror pánico a la muerte le hacía ardua la aceptación de que no hay Resurrección sin Cruz. Claro está que desde un punto de vista espiritual, y ya no biológico, la muerte es un absurdo, pero un absurdo que precisamente deja de serlo por la Pascua. Acaso ella misma sea la prueba: no recuerdo haber visto a mi madre más contenta que en Nochebuena y después de la vigilia pascual. De nuevo, en palabras de Ratzinger: “El hombre, este ser absurdo, ha superado el absurdo. El hombre, este ser desventurado, se ha liberado de su desventura: debemos alegrarnos”. La alegría de mi madre, aún a contramano de su miedo inclaudicable, tenía una plena justificación: es aquí y ahora cuando se anuncia el día en medio de la noche del mundo.

 

Por Pablo Gianera para La Nación.

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