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Entre el grupo de hombres notables que han gravitado en el medio por su relevante personalidad, se destaca sin dudas la gran figura de Don Artémides Zatti, quien ejerciera al frente del hospital San José de esta capital, una ímproba y denodada labor a lo largo de cuarenta y ocho años de servicios ininterrumpidos, que recién cesó en su intenso bregar cotidiano cuando echaba su último suspiro en su lecho de enfermo el 15 de marzo de 1951.


Día aciago de amarga y honda tristeza para la comunidad, que en su profundo dolor, lloró incansablemente a este santo cuya magna empresa bien hechora sería de recuerdo imperecedero.


Humilde, de alma pura, sin mácula como el diamante, poseedor de una modestia ejemplar, dedicó la mayor parte de su vida a la atención de enfermos.


Era habitual verlo a diario montado en su bicicleta acudir solícito, presuroso, siempre con su sonrisa bosquiana estereotipada en su bondadoso rostro sin reparar en inclemencias del tiempo o en horas robadas a la noche al llamado del necesitado, de todos aquellos seres que angustiados por algún mal clamaban desde sus lechos de parientes el acercamiento de sus manos onerosas, portadoras de las ansiadas medicinas para curar sus males o paliar sus sufrimientos.


Con bondad infinita amó a su prójimo, derramó el bien a manos llenas sin mirar razas, religiones ni ideologías, porque envestía ese don milagroso que Dios puso en él, para la consagración de su apostolado. Tampoco hizo diferencias entre ricos y pobres, ya que para Don Zatti sufrientes y necesitados eran todas criaturas semejantes de Dios.


Su vida fue todo un peregrinar de un santo apartado por entero de todos los atractivos mundanos, se brindó a pleno con paternal ternura a sus enfermos, sin tregua alguna, sin desmayos, sin ninguna queja, sin un rictus amargo que ensombreciera su límpida sonrisa que iluminaba su rostro.


En fin, toda una caridad desplegada sin limitaciones, a todo viento, como las semillas desparramadas por el labrador, sin retaceos de ninguna especie. Todo fue en Don Zatti un quehacer hermano inconcebiblemente maravilloso, tan dado a su prójimo que no tiene parangón alguno, sino solo con la vida y obra de los santos.


Así ha pasado por el mundo este hombre justo, verdadero cristiano militante, que con su obra, su prédica, su bondad, su generosidad, supo honrar a la congregación salesiana a la que perteneció.


El pueblo de Viedma que él tanto amó, supo brindarle justiciero homenaje que merecía y enclavado en la intersección de las calles Rivadavia y Guido se yergue su busto, fruto del agradecimiento ciudadano con que quiso perpetuar su memoria, denominándose también con su nombre a una de las avenidas de la ciudad.

 

Hilda Beatriz Arró- DNI 9.958.350
Docente jubilada que conoció en vida a Artémides Zatti.

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