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La política, y en particular los gobiernos, desesperan por la clase media. Es un estrato cambiante e imprevisible y está sujeto a múltiples interpretaciones. Los políticos lo saben y lo sufren: la clase media es voluble como la donna de Verdi, pero define las elecciones. De ella se habla mucho, aunque se precisa poco. De esa confusión, acaso pueda rescatarse un consenso: la clase media es más una aspiración imaginaria que una categoría sociológica objetiva. Este acuerdo surge del resultado de los sondeos, que dicen que 7 u 8 de cada 10 individuos afirman pertenecer a ella, más allá de su rango de ingresos, tipo de ocupación y nivel educativo. Ezequiel Adamovsky, el sociólogo argentino que mejor la ha estudiado, sostiene que la clase media es una identidad muy poderosa y atractiva, porque estar "en el medio" resulta confortable y correcto: se evita el estigma del pobre y se disimula la riqueza, que puede ser sospechosa. Pero además, la clase media coincide con el ideal de la modernidad capitalista y democrática, que sueña con ciudadanos educados, propensos al mercado y respetuosos de la ley.

 

En estos días, cuando el Gobierno ensaya fórmulas para seducir a sectores medios castigados por el delito, jugando a la mano dura y consagrando a policías que matan por la espalda, dos analistas se refirieron a la clase media en los diarios. Constituyen miradas contrapuestas y paradigmáticas. Guillermo Oliveto, joven experto en consumo y tendencias, ofreció una visión optimista: la Argentina, escribió, podría convertirse en una virtuosa nación de clase media, si se cumple la previsión oficial de crecer ininterrumpidamente durante dos décadas. El resultado, imagina, nos conduciría a una sociedad parecida a las escandinavas, donde el bienestar, la mesura y el orden regirán la vida colectiva. Daniel Muchnik contrapone al entusiasmo de Oliveto una reseña histórica realista, que muestra los vaivenes de la clase media y su imagen: desde la utopía peronista, pasando por los modernos años 60, la ambivalencia frente a la violencia de los 70 y el decidido apoyo a la dictadura militar, la seducción y el abandono de Alfonsín, el "voto cuota" de los 90, hasta desembocar en la tragedia de fin de siglo, desentendiéndose de cualquier ideología para apostar al bienestar material, lo provea Kirchner o Macri.

 

A esa clase media, idealizada como modelo o sospechada por volátil y floja de valores, la define también la posición frente al peronismo. En su historia de la clase media argentina, que derriba mitos y pone en cuestión afirmaciones indiscutidas, Adamovsky sostiene que ante el surgimiento del peronismo se consolidó una actitud reactiva, afín a la noción de clase media. Era la de los que se le plantaron entonces a Perón, con este argumento: no somos la oligarquía, formamos parte legítima del pueblo, pero rechazamos su liderazgo y al populacho que lo apoya. Esa identidad antiperonista y antiplebeya se disolvió con el tiempo, dando lugar a fuertes adhesiones de los sectores medios a expresiones peronistas, contrapuestas en la ideología pero eficaces en el plano económico, como lo fueron el menemismo y el kirchnerismo en sus apogeos. Eso no le impidió a Cristina reavivar con abusos retóricos el gorilismo, una patología predilecta de muchos argentinos.


Sin embargo, queda en pie un fenómeno empírico secular: la probabilidad de votar al peronismo crece entre los sectores de menores ingresos y educación. A la inversa, tiende a votarse más al no peronismo cuando el estatus socioeconómico es más alto. Eso significa, en términos actualizados, que la clase media -si se la mide por indicadores objetivos, más allá de las aspiraciones- es el electorado consustancial de Cambiemos, mientras que el peronismo conserva sus votantes en las clases populares. En términos generales, cada partido alcanzó el dominio empezando por sus bases: para ganar con el 50% o más de los votos, como lo hicieron Menem y Cristina, el peronismo reunió al conjunto de la clase baja, más fracciones de la clase media. Al contrario, el radicalismo lo logró conquistando la clase media, más fracciones de los sectores populares.

 

Los resultados de Cambiemos, que no alcanzó a capturar la mitad del electorado como sí lo hicieron Alfonsín y De la Rúa, indican por ahora que retiene a los estratos medios y aspira a los bajos. Tal vez el problema consista en que su electorado natural es un sujeto impredecible, cuyas veleidades no pueden descifrarse a fuerza de focus groups, dando lugar a peligrosos dilemas para satisfacerlo. ¿Felicitamos al policía enjuiciado o dejamos que actúe la ley? ¿Fugamos hacia adelante con optimismo sobreactuado o reconocemos las dificultades? ¿Privilegiamos la moneda o el crecimiento? ¿Desafiamos al Papa con el aborto o posponemos la discusión?

La duda no está mal y suele ser un signo de inteligencia. Otra cosa es la urgencia electoral, que no se lleva bien con las soluciones perdurables. Y con la clase media, ese objeto político inasible que decide el poder en democracia.

 

Por Eduardo Fidanza para La Nación.

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