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Bailarines, músicos, deportistas, escritores o científicos que llegan a las más altas cumbres de su profesión nos provocan tal admiración que no nos alcanzan adjetivos como ‘eximio‘, ‘brillante‘ o ‘incomparable‘ para describir su maestría. En cambio, la frase ‘es un aficionado‘ deja trascender cierto menosprecio hacia quienes no se sometieron a entrenamiento formal o no pasaron por la universidad.


Sin embargo, noticias como la que se conoció ayer sobre el primer registro del nacimiento de una supernova, que logró gracias a una combinación de suerte, conocimiento y pericia un fervoroso aficionado a la astronomía de Rosario, Víctor Buso, y que también involucra a su amigo José Luis Sánchez, deberían hacernos revisar esa valoración.


Desde que en 2016 advirtió (en lo que para otros hubiera sido un anodino puntito en los suburbios de una galaxia ubicada a 80 millones de años luz) un cataclismo cósmico en gestación, Buso integra un singular grupo de ‘aficionados‘ que dejaron su marca en la historia de diferentes disciplinas.


Personajes como Vladimir Nabokov, el célebre autor de Lolita (novela cuya circulación fue prohibida en Buenos Aires en 1959), también fue reconocido como una autoridad en la entomología por su afición al estudio de las mariposas. El descendiente de una estirpe de nobles rusos se lanzaba a largos recorridos por el campo junto con su esposa, Vera, en busca de ejemplares poco comunes. Trabajó como investigador y descubrió varias especies, entre ellas, dos que fueron designadas con su nombre. Alguna vez escribió: ‘En el plano de la emoción o del anhelo, de la ambición o del logro, pocas cosas he conocido que puedan exceder en plenitud e intensidad a la exaltación que procura la investigación entomológica‘.


En el ámbito de la pintura está, entre otros, el Aduanero Rousseau, que mereció ese apodo porque durante veinticinco años se desempeñó como un empleado de baja categoría en un puesto público. Nacido en Laval, Francia, en 1844, abandonó la escuela sin haber terminado el bachillerato y no tuvo ningún adiestramiento formal en pintura. En medio de esa vida anodina empezó a pintar, obtuvo permiso para copiar obras en el Louvre, exhibió su primera pintura a los 42 años y fue admirado por personalidades como Picasso, Gertrude Stein, Braque, Apollinaire y Max Jacob.


Pero, sin duda, el ‘príncipe de los aficionados‘ (como lo llamó E. T. Bell) fue el gran Pierre de Fermat, también funcionario del servicio civil y juez de Francia, que de día condenaba criminales a la hoguera y de noche, dado que la ley desaconsejaba el trato con personas que pudieran presentarse ante la corte, dedicaba toda su energía a la resolución de problemas matemáticos. Fermat no solo hizo extraordinarios aportes, sino que originó ‘una de las más extraordinarias travesías intelectuales del siglo XX‘, cuenta Simon Singh en El último teorema de Fermat. La historia de un enigma que confundió a las mentes más grandes del mundo durante 358 años (Norma, 1999).


Hijo de un rico comerciante de cueros, pasó una temporada en la Universidad de Toulouse. No hay registro de que haya tenido dotes sobresalientes para la matemática, pero planteó lo que se convertiría en el problema más difícil de resolver. ‘En forma provocativa, dejó una nota [en el margen de un libro] sugiriendo que tenía una respuesta, pero no dijo cuál era. Ese fue el comienzo de la cacería que duró tres siglos‘, dice Singh. Y lo más notable es que todo lo hizo por una satisfacción personal, ya que nunca quiso que su trabajo se publicara.


Claro que es fantástico poder vivir de la actividad que uno elige y hacer brillar al máximo nuestro talento sin tener que luchar en contra de la miríada de obstáculos que se presentan a los outsiders. Pero, pensándolo bien, a lo mejor a lo que puede aspirar alguien que se dedica a algo profesionalmente es no perder nunca la maravillosa pasión del aficionado.

 

Nora Bar para La Nación.

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