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‘Trump traerá el colapso de la economía americana y el de los mercados financieros‘, escribió el 9 de noviembre de 2016 para el New York Times el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Quince meses más tarde, la economía norteamericana crece a un ritmo anual del 3,2% y Wall Street opera en niveles récord.


La histeria y la obsesión que tienen aquellos que se oponen al presidente norteamericano, ha llevado al mundo entero a estar convencido que lo pasado siempre es mejor. Día tras día leo las noticias que nos ofrecen los medios de habla hispana e inglesa y me da la impresión que sus autores cada noche se van a dormir abrazando un peluche de Obama.


Si la presidencia de Obama fue tan buena como nos cuentan, ¿por qué entonces los demócratas en las elecciones de 2016 perdieron la presidencia, el Senado, la Cámara Baja y 33 de 50 gobernaciones? ¿Por qué?


Trump, para muchos, es la antítesis de todo lo que una persona civilizada debe ser. Chocante, tosco, brusco, malhablado. Siempre en contra de la corriente y del supuesto sentido común de la gente civilizada que habita este planeta. Obama por lo contrario era sereno, diplomático, bien hablado, reconciliador, moderado.


El EE.UU. que todos conocemos no llegó a ser una potencia económica y militar siendo sereno, diplomático, bien hablado, reconciliador y moderado. El EE.UU. admirado por todos aquellos con dos dedos de frente y temido por los enemigos de la libertad y del capitalismo, se construyó llevándose puesto a todas aquellas naciones e ideologías que amenazaban el bienestar del mundo occidental. Al fin y al cabo, si no fuese por EE.UU. el comunismo y el nacismo hoy gobernarían el Viejo Continente.


Trump busca recuperar los valores que predicaba Ronald Reagan y restaurar la hegemonía norteamericana a nivel mundial. EE.UU., bajo los gobiernos Republicanos de los dos Bush y bajo los gobiernos demócratas de Clinton y Obama, perdió esa influencia. No me malinterpreten: Trump no es Reagan ni le llega a los talones, pero es el único presidente norteamericano desde Reagan que realmente siente de manera auténtica que EE.UU. debe ser grande otra vez.


Esta autenticidad sólo se ve reflejada en la pasión que muestra Trump al hablar de su país. Por este motivo el presidente norteamericano es tosco, agresivo, sin pelos en la lengua. No es racista, tan solo habla como todos nosotros lo hacemos durante el asado de los domingos. Trump sabe a la perfección que el electorado norteamericano confía más en el amigo malhablado del asado de los domingos, que en un político de carrera que solo sabe reproducir el passacasette.


Hoy, la economía de EE.UU. crece a un ritmo de 3,2% anual. El desempleo se encuentra en el nivel más bajo desde diciembre del año 2000 (4,1%). Wall Street se encuentra en territorio récord. Los índices de confianza del consumidor, en noviembre llegaron a los niveles más altos en 17 años. Como si fuera poco, el Congreso Republicano acaba de aprobar la reducción de impuestos más importante desde 1986, llevando a un sinfín de empresas a anunciar inversiones, incrementos de sueldo y bonos navideños.


Argentina no se ha visto tan perjudicada como muchos expertos y politólogos anticipaban. Nuestro país se ha visto beneficiado por: (1) el ingreso al ‘Sistema Generalizado de Preferencias‘ que elimina aranceles a 500 productos argentinos, (2) la reapertura de la exportación de limones, (3) la flexibilización de obtención de visados (‘World Entry Program) y (4) gestos políticos de Trump hacia el presidente argentino Mauricio Macri (OCDE, G-20, etc.)


Por otro lado, Argentina se ha visto perjudicada por la imposición de aranceles a la exportación de Biodiesel.


Los argentinos debemos entender que el electorado norteamericano votó a Trump para que EE.UU., no Argentina, crezca y prospere. Si esto implica que Trump deberá tomar decisiones polémicas para nuestro país, mala suerte. Para Trump, primero está EE.UU., después el resto. Trump no será un ejemplo de presidente. Pero no importa. Los norteamericanos lo votaron para que EE.UU. sea grande una vez más. Y lo está logrando, más allá de sus métodos.

 

 Por Sebastián Maril (*) -para Ámbito Financiero

 (*) Analista de Research for Traders

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