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Entender el conflicto docente que es pan nuestro de cada año no es complicado. Complicado es entender por qué se ‘discursea‘ tanto con la educación mientras que con la educación vamos año a año para atrás. El conflicto docente lo explica en gran parte.


2003. Menem se borra y aparece Kirchner, que en Santa Cruz peleaba todo el tiempo con los docentes. Lo llama a Filmus, secretario de Educación de Aníbal Ibarra entrenado en la gestión menemista y de buena relación con los sindicatos.


Kirchner lo nombra ministro y Filmus le acerca los gremios. Presidente con votos mínimos, Kirchner usa su método: plata y vidriera para que Ctera jugara para su equipo.


Los gremios reclaman por la paritaria docente y el Gobierno dice que no pueden exigirla.


2005. Filmus suspende la reforma educativa de los 90 de la que había sido uno de los impulsores. Filmus admite que es por la necesidad de construir un acuerdo entre los sindicatos y Kirchner. Se lo dice a la ex ministra Susana Decibe, que había sido su jefa.


Filmus saca la ley de financiamiento para empujar el aumento de la inversión en educación y en ella crea una paritaria nacional ficticia para que la Ctera tenga su vidriera política. La Nación no tiene escuelas ni tiene maestros. Son de las provincias desde que Cavallo se las entregó para bajar el déficit.


Doce años después, tenemos lo que tenemos: declive de la escuela pública y la creciente desigualdad que genera el declive de la escuela pública. Está a la vista: tenemos una enseñanza mucho más pobre. Bajamos más que ningún otro país en las encuestas internacionales de calidad. La deserción escolar es alta y los índices de repitencia también.


Está a la vista también cómo funcionó esa paritaria de ficción que definía el salario inicial para los maestros. Para algo así como el 8% del total del plantel docente.
Sindicatos nacionales y Gobierno central discutían ese salario mínimo que debían pagar las provincias. El ritual implicaba una oferta que los gremialistas rechazaban bajo la amenaza de un paro que impedía el comienzo de las clases. Según fuera el clima político, el paro duraba días o duraba semanas.


El algún momento había arreglo y los gremios se sentaban a firmar un papel con un montón de compromisos empezando por el bien modesto de completar el calendario escolar, algo que nunca se cumplió. La brasa caliente del aumento pasaba a las provincias con nuevos reclamos y con más huelgas.


En ninguna negociación se discutió qué y cómo aprenden los chicos. El problema educativo convertido en un problema gremial. Todos los años pasó lo mismo y lo peor era que todos sabíamos lo que iba a pasar. En 2017, en Buenos Aires, hubo 15 días de paro en los primeros 25 días de clase. Sin clases en las escuelas públicas que son donde se educan los chicos más necesitados.


La paritaria nacional de fantasía fue armada por el kirchnerismo a la medida de las necesidades políticas de la Ctera y a la medida de sus necesidades financieras: cada negociación para fijar el piso salarial implicaba un pago a los sindicatos. En 2016 Ctera se llevó casi $10 millones. Y los otros cuatro gremios nacionales $ 2 millones cada uno.


En enero pasado, el ministro Bullrich automatizó 20%. Este enero, el ministro Finocchiaro lo repite. Y todo amenaza repetirse. El Gobierno busca dos cosas. Que la paritaria en Buenos Aires que fija rumbos no se desborde porque la inflación ya desbordó. Y dos: devolverle aprietes a los gremios apretadores. En eso está. Se verá si funciona.


La paritaria de ficción de Kirchner para la Ctera desencajó la escuela. Se busca ponerla en caja.

 

Ricardo Roa -Del editor al lector-, para Clarín.

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