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En su hora final, los kirchneristas se sacan la careta y se comportan abiertamente como barra brava, émulos de los trotskistas y de la RAM, se vuelven una fuerza abiertamente antisistema, que a los piedrazos clama porque la repriman, mejor todavía si hay muertos de por medio.


No siempre es fácil sostener argumentos contrafácticos: ¿qué habría pasado si hubiera habido un muerto por la represión, si de nuevo la sesión se suspendía, si el método del asedio a los piedrazos sobre el Congreso se coronaba como medio legítimo cada vez que se discuta una ley controvertida? El mérito de que nada de eso sucediera se debe valorar, porque no es menor y obedece a que, algo tarde pero no tan tarde, el Gobierno aprendió algunas lecciones. Y mientras tanto sus adversarios hicieron todo lo contrario: olieron sangre, se cebaron con ella y se enceguecieron en una seguidilla de errores que reveló su peor cara. Con lo cual todas sus simulaciones quedaron a la luz.


El verso de los infiltrados se terminó de desmoronar: ahora los violentos dieron la cara o al menos mostraron su identificación política.


Los diputados K, por su parte, siguieron quemando puentes con el resto del mundo. Dentro del recinto la cínica actitud del FPV se mantuvo firme hasta el final: hablaban de un pueblo movilizado sometido a salvaje represión, de “cacería de manifestantes” mientras en todas las pantallas se veía a policías recibir andanadas de cascotes y sólo atajarse con sus escudos. Si los que tiraban piedras y quemaban todo a su paso eran infiltrados, unos “pocos lúmpenes” o “loquitos”, como se insistió en decir, hay que reconocer que no había allí nadie que no fuera una cosa o la otra, o todas a la vez. La consigna de correr y apalear policías parecía la única que unía a esa masa humana descontrolada. O salvajemente controlada. Y fue de ese bando que salieron la mayoría de los ataques a periodistas.


Pero el premio mayor al cinismo se lo llevaron varios diputados que rogaron que se levantara la sesión “para que no haya un muerto”, cuando sus agrupaciones eran las que estaban haciendo hasta lo imposible para que lo hubiera.


Así como el Gobierno se dejó llevar por sus éxitos previos y se dio contra una pared el jueves 14, al kirchnerismo le pasó que su éxito de ese día lo empujó a cometer terribles errores. Porque lo ahora sucedido fue la contraimagen casi perfecta de la semana anterior: una minoría sin votos usando la violencia a mansalva para obstruir las instituciones y estas logrando funcionar pese a todo, sosteniendo el Estado de Derecho. Y el dispositivo de seguridad garantizando no sólo eso, sino que hubiera más heridos uniformados que entre los revoltosos, que la audiencia se cansara de ver encapuchados prendiendo fuego a todo a su paso.


El kirchnerismo se vuelve abiertamente violento a medida que pierde anclaje en el peronismo y en la política pluralista, la electoral, territorial y parlamentaria. De los votos que sacó en octubre pocos quedan en sus manos y lo sabe: los intendentes bonaerenses y los gobernadores están ocupándose de aislarlo de esos votantes. Así que reacciona en forma refleja: “¿me quieren dejar fuera del juego? ¡Entonces que se incendie todo!”. Todavía tienen unos sesenta diputados para hacerse oír, pero no se sabe a quién representan, así que se representan a sí mismos, su desesperación de ya no ser. Y en la desesperación todo vale.


Subido a este tren antiinstitucional se entiende que el piedrazo se haya vuelto el lenguaje natural del sector: es popular, es el arma de los marginados, por tanto es legítimo frente a la bala de goma represiva, y por tanto ilegítima. Por lo que lo esperable es que sus protestas se sigan pareciendo cada vez más a los domingos de fútbol, pelearse con la policía será lo previsible, pasó ya en el cierre de las marchas por el caso Maldonado y ahora se volvió lo central del espectáculo.


El daño que esta estrategia pueda provocarles a las instituciones dependerá de todos modos no tanto de lo decidido que ese sector esté a insistir en los piedrazos como de lo que suceda en la zona gris, donde actúan quienes quieren ser oposición, incluso dura y en la calle, y no saben si prenderse en el circo violento o descalificarlo.


La CGT advirtió esta vez algo tarde el problema, cuando ya estaba subida al baile con un paro inoportuno: “los violentos están desalentando de manifestarse a la gente común que no quiere que ajusten las jubilaciones”, declaró cuando ya los piedrazos habían saturado a todo el mundo. Así que la UTA suspendió su participación en la huelga, toda una señal de que la central sindical necesitaba quitarles sostén a los ultras.


En cambio, el massismo no se dio cuenta de nada: siguió insistiendo en su descalificación del proyecto previsional y del oficialismo en general, aparentemente cómodo en su abrazo con la izquierda y el kirchnerismo. Su jefe, que también se ha quedado sin votos, además de sin banca, evidentemente ansía recuperar el protagonismo perdido disputando el rol de oposición dura. Apenas se abstuvo de llamar prostitutas a los gobernadores, tal vez porque tampoco descarta reconciliarse con ellos en su ya típico ejercicio de la ambigüedad.


Los cacerolazos de final de la noche también buscaron darle calor de masas a la violencia, volver a poner en víctimas de la represión a quienes habían quedado abiertamente en offside. No casualmente las alusiones al 2001 y al helicóptero volvieron a hacerse presentes en las redes y en algunos carteles. Pero mientras la opinión mayoritaria se mantenga firme en rechazo a ese juego radicalizado difícilmente pueda él pasar a mayores.


Nos espera un año difícil, en que el tiempo de patear para adelante el déficit fiscal ya se agotó, y todo el mundo lo sabe, pero en que también está probado que las fuerzas moderadas pueden encontrar la forma de cooperar para evitar más fracasos del Estado y las instituciones.


Marcos Novaro PARA LA NACIÓN
Sociólogo, historiador y doctor en Filosofía.

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