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El Facebook, en todo el mundo, tiene cerca de dos mil millones de perfiles activos. Este número de usuarios es cerca de diez o mismo veinte mil veces más grande que el número de suscriptores de algunos de los más prestigiosos periódicos brasileños o argentinos.


Eso es apenas una de las muchas maneras de constatar que la mediación del debate público, antes hecha por el periodismo sea en diarios impresos, en radio o televisión hoy se hace cada vez más por las redes sociales.


La veracidad no importa. Relatos mentirosos circulan en una escala sin precedentes. La verdad de hecho o la verdad factual perdió peso y centralidad, mientras las falsificaciones de noticias se multiplican. Como consecuencia, muchos políticos pasaron a sacar provecho de ese estado de cosas, reproduciendo y creando mentiras a su favor.


Para corroer la verdad todos reconocen que las redes sociales desempeñaron un papel central y devastador. No es que ellas sean malas en sí. Las redes traen innumerables aspectos positivos para la vida social, facilitan el contacto entre las personas, ventilan las relaciones personales y forzaron al Estado a ser más transparente y más dialógico. El problema con ellas no está en la tecnología o en las personas, sino que en un modelo de negocio que esclaviza a los usuarios, no invierte un centavo en la producción de contenido y se beneficia con la mentira y el fraude.


¿Por qué las cosas han sido de este modo?


Veamos con atención. En las redes sociales, una noticia (sea fraudulenta, sea verdadera) sólo se difunde a la medida que corresponda a emociones (positivas o negativas) de la gente conectada. En lugar de la verificación factual rigurosa, predomina lo que es sensacional de dónde viene la palabra “sensacionalismo”. Sobre el argumento lógico, prevalece el sentimentalismo infantil. En lugar de la razón, lo que cuenta es la emoción y la pasión, el cantero preferencial de los odios y de los preconceptos.


Los usuarios entran en ese juego como mano de obra (gratuita), como materia-prima (también gratuita) y como mercancía. Facebook no necesita desprender dinero para generar sus “contenidos” porque sus usuarios actúan como digitadores, fotógrafos, locutores, actores, cantores, ilustradores, escritores y todo lo demás. Y sin cobrar nada.

 

Los usuarios se creen “clientes” de un “servicio” que imaginan gratis, pero son la mercancía que es vendida para los anunciantes. De este modo, las redes han profundizado los mecanismos de la industria cultural y hoy convierten la diversión de sus usuarios en una potente fuerza productiva.


Por fin, hay que saber que Facebook es un monopolio global, sin ningún competidor. O sea: la era de la llamada post-verdad, más allá de promocionar el oscurantismo político, es también un atentado contra el libre mercado.


Por Eugenio Bucci para Clarín. Periodista brasileño. Profesor de la Universidad de San Pablo. 

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