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Diógenes de Sinope, también llamado el Cínico (por la escuela a la cual pertenecía) no legó a la posteridad ningún escrito y todo lo que se conoce de su vida y de sus dichos se debe a su homónimo Diógenes Laercio que lo dejó inmortalizado en sus “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”.


Su nombre, que literalmente significa “nacido de Dios”, trascendió ampliamente los límites de su patria.


Aunque nació en Sinope (Asia Menor) vivió casi toda su vida en Corinto, luego de haber sido raptado por piratas y vendido como esclavo.


En Atenas fue discípulo de Antístenes. Vivió igual que un vagabundo en las calles de la ciudad exaltando la pobreza como la mayor de las virtudes. Predicó la autosuficiencia, la virtud de la vida simple y despreciaba las reglas sociales. Se cuenta que vivía en un tonel y que de día caminaba infructuosamente con una lámpara encendida diciendo que buscaba “hombres honestos”. “Sus únicas pertenencias eran: un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco (hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él).


Según Diógenes “la virtud es el más soberano de los bienes y la ciencia, los honores y las riquezas son los falsos bienes que hay que despreciar. El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades”.


Los atenienses en su memoria le levantaron un monumento sobre el que reposaba junto con un perro.


Dejó, eso sí, uno de los anecdotarios morales más ricos y ejemplares. En “El canto del pájaro” Anthony de Mello cuenta que estaba Diógenes cenando lentejas, cuando lo vio el filósofo Aristipo. Este vivía confortablemente gracias a su hipocresía, que le permitía adular permanentemente al rey. Y le dijo Aristipo: “Si aprendieras a ser más sumiso con el rey, no tendrías como cena ese triste plato de lentejas”. A lo que replicó Diógenes: “Si hubieras tú aprendido a comer lentejas no tendrías que vender tu alma adulando al rey”.


Según otra leyenda “en un supuesto encuentro entre Alejandro Magno, rey de Macedonia y Diógenes, el conquistador se presentó diciéndole: “Yo soy Alejandro, llamado el griego”. Diógenes le respondió: “Y yo soy Diógenes, llamado el perro”.


“El emperador le preguntó entonces qué era lo que más deseaba”. La respuesta fue: “Que te muevas un poco, me tapas el sol”.


“Alejandro habría dicho luego de este encuentro: “Si no fuese Alejandro Magno, desearía ser Diógenes”.


Otra anécdota cuenta que “cada día que pasaba por el mercado se reía porque decía que le causaba mucha gracia y a la vez lo hacía muy feliz ver cuántas cosas había en el mercado que él no necesitaba”.


Una vez viendo en cierta ocasión como los sacerdotes custodios del templo conducían a uno que había robado una vasija perteneciente al tesoro, comentó “Los ladrones grandes llevan preso al pequeño”.


Hecatón en sus “Sentencias” relata que el filósofo fundador de la escuela de los cínicos solía decir “que es preferible la compañía de los cuervos a la de los aduladores, pues aquellos devoran a los muertos y éstos a los vivos”.


Su modo austero y estoico de vivir relata Teofrasto, lo tomó como propio “observando a un ratón que correteaba sin rumbo fijo, sin buscar lecho para dormir, sin temor a la noche, sin preocuparse de nada de lo que los humanos consideran provechoso. Fue el primero aseveran algunos- que dobló su manto al verse obligado a dormir sobre él, que llevó alforjas para poner en ella sus escasas provisiones y que hacía en cualquier lugar cualquier cosa”.


Para finalizar esta breve semblanza de Diógenes conviene citar que “se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela de Euclides, llamaba a los diálogos platónicos pérdidas de tiempo; a los juegos atléticos dionisiacos, gran espectáculo para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho”.


Solía decir también que “cuando observaba a los pilotos, a los médicos y a los filósofos, debía admitir que el hombre era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía a intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía caso, o a los codiciosos de fama y dinero, pensaba que no había ser viviente más necio que el hombre y repetía de continuo que hay que tener cordura para vivir o cuerda para ahorcarse”.


Por Jorge Castañeda.
Escritor de Valcheta

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