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Valcheta, a la vera del arroyo homónimo, es una de los parajes más nombrados y conocidos desde la antigüedad. Su nombre es una voz Günuna Küna, o sea tehuelche septentrional, que significa “lugar donde el agua se colma”. Y tiene un rico venero de tradiciones y leyendas.

 

Los pueblos pre existentes distinguieron a este maravilloso lugar desde antes de la fecha de su mal llamado descubrimiento por las fuerzas del Sargento Mayor Ibáñez, un 5 de octubre de 1833, como un verdadero parador con abundante agua dulce y pastos feraces, llamado por algunos historiadores como “el campamento de la necesidad”. Y antes de ellos, mucho antes, otros pueblos de quienes ignoramos casi todo, dejaron testimonio de su paso por la comarca del “río chiquito” en petroglifos y pinturas rupestres.

 

La historia de la humanidad fue siempre un devenir de culturas que por razones de conquista o de necesidades dejaban la trashumancia para habitar un determinado lugar y así sucesivamente. La Patagonia no fue la excepción. En las zonas cordilleranas se han encontrado vestigios de fogones que datan de 12.500 años, antes de las culturas tehuelches y mapuches, lo que es historia más reciente. Entonces podemos decir que todos los pueblos han nacido alguna vez.

 

Valcheta, verdadero oasis de toda la Región Sur, conoció en épocas pretéritas el devenir de esos pueblos que alguna vez fueron dueños y señores de su geografía. Y cada uno de ellos fue dejando una impronta de su paso, dándole características distintivas, o sea, una identidad.

 

Esa huella primordial fue la argamasa de los pueblos actuales. A los descendientes de las comunidades preexistentes se sumaron expedicionarios, colonos, inmigrantes y hermanos de otras provincias que se afincaron buscando su lugar en el mundo, formando familias y bregando en el trabajo y el destino común.

 

Por eso podemos decir que como todas las comunidades del vasto mundo acá también en Valcheta somos la resultante de un crisol de razas donde cada una supo aportar lo mejor de sí misma para la vida en comunidad. Porque de eso se trata: de encontrar entre todos caminos de integración y tender puentes de respeto y entendimiento, buscando juntos los grandes objetivos que de alguna forma nos aglutinan.

 

Cada uno de los habitantes siente en su corazón la fuerza de la tierra, porque la tierra tiene un valor consuetudinario, inmanente, no importando el color de piel ni las diferencias de culturas, de política o de religión de sus habitantes. De eso se trata: de conformar una comunidad organizada, donde cada cual ocupe su lugar sin perjudicar al otro.

 

Muchas veces en el fragor de las campañas políticas, por disensos propios de aparcerías partidistas traías desde afuera por los candidatos de turno (los que pasan alguna vez hablando con ligereza sobre banalidades sin importancia y que nada tienen que ver con la propia comunidad), en vez de unir a los vecinos solo logran separarlos y envolverlos en amargas disputas que no le hacen bien a nadie y menos al pueblo.

 

Somos el fruto de las generaciones que nos antecedieron, con sus aciertos y con sus errores, pero nuestra responsabilidad pueblerina nos obliga a construir un presente de respeto, para legar a nuestros hijos un futuro digno de ser vivido. Sin odios, sin enfrentamientos, sin vanas contiendas ni descalificaciones.

 

Es hermoso construir entre todos el Valcheta que queremos: pujante, laborioso, armónico; pero para que eso sea, primero debemos encontrarnos y comprendernos e iniciar así todos juntos, cualquiera sea el espacio que ocupemos en la sociedad, los grandes objetivos soñados. El desarrollo comunitario es una construcción cotidiana y una responsabilidad de todos los vecinos, sin exclusiones de ninguna naturaleza. Todos somos necesarios, todos somos valcheteros y todos somos útiles para forjar el destino común.

 

Nuestro pueblo es hermoso, una verdadera Arcadia con la cual la naturaleza fue generosa. Sus paisajes, sus árboles, su clima, sus noches estrelladas… Y su gente, laboriosa que siente el orgullo de ser parte de este oasis. Por eso el forastero que nos visita siempre vuelve. Algo tenemos que nos distingue como pueblo.

 

¿Importa de dónde venimos? Sí, y mucho. Somos la resultante de varios siglos en el suceder del mundo y todos tenemos una historia particular, porque algo hemos sido en la sangre de nuestros mayores. Ya lo escribió el gran poeta de Chile Pablo Neruda.

 

“El hombre tierra fue, vasija, párpado del barro trémulo, forma de la arcilla, fue cántaro caribe, piedra chibcha, copa imperial o sílice araucana. Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura de su arma de cristal humedecido, las iniciales de la tierra estaban escritas. Nadie pudo recordarlas después: el viento las olvidó, el idioma del agua fue enterrado y las claves se perdieron o se inundaron de silencio o sangre”.

 

Por Jorge Castañeda- escritor de Valcheta.

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