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Antes de que el libro apareciera la noticia ya circulaba por medio mundo. Y no era para menos. Al parecer, la máxima autoridad religiosa de la Iglesia Católica, el Papa, se habría psicoanalizado. El por entonces Jorge Bergoglio, de 42 años, habría consultado, a razón de una vez por semana y durante seis meses, a una psicoanalista. Como si fuera poco, Francisco rescataba a esa mujer como una de las mujeres de su vida, y a esa experiencia como fructífera. Así se lee en el El Papa Francisco: política y sociedad (publicado en Francia) del sociólogo francés Dominique Wolton que compila 12 encuentros entre ambos.


Podría debatirse si esos encuentros constituyeron o no un verdadero análisis, pero esa discusión solo interesaría a los analistas. De algún modo, esa experiencia existió y el Papa la rescata como fértil. Quizás sea difícil imaginar esos encuentros como un análisis si lo medimos desde la frecuencia o duración que suelen tener las curas hoy en día. Pero bastaría, para aventar sospechas, con recordar las que conducía Freud: intensas pero bastante más cortas. Iban de meses de sesiones diarias con pacientes que se trasladaban a Viena a verlo, hasta el grado 0 de un análisis, un paseo de horas con Mahler o una conversación con Catalina, una montañesa que padecía ataques de angustia.


A decir verdad, solo desde cierto prejuicio este dato podría ser noticia, como si el viejo jesuita hubiera confesado haber consumido drogas duras en su adolescencia o como si se hubiera especulado, como con Joseph Ratzinger, con algún coqueteo con las juventudes hitlerianas. Las relaciones entre psicoanálisis y religión son más intensas de lo que podría suponerse, aunque es claro que entre ambos discursos en tanto modos de concebir el mundo hay diferencias insoslayables.


Para ponderar el gesto de Bergoglio basta con echarle una ojeada al Dictionaire de théologie catholique. Allí, en la entrada “Psicoanálisis”, se resume la doctrina oficial de la Iglesia Católica con una advertencia del Santo Oficio de 1961. Dirigida a obispos, censores eclesiásticos y religiosos “de ambos sexos”, alertaba y los ponían en guardia para que “jamás recurrieran al psicoanálisis”.

 

Sin embargo, los matices son más verdaderos que los antagonismos en este punto: muchos psicoanalistas han estado cerca de la religión, tanto como muchos religiosos han estado más cerca del psicoanálisis de lo que pudiera esperarse.


La revelación de Francisco nos muestra que, como suele suceder, la realidad copia a la ficción pues ya Nanni Moretti había imaginado, en su película Habemus Papam, el encuentro de un Papa y un psicoanalista. Al narrar las desventuras de un Papa sin vocación para serlo, Moretti anticipaba incluso la renuncia del antecesor de Francisco.


Más allá de lo que al Santo Oficio pudiera parecerle, no es raro que religiosos de distintos sexos y religiones busquen auxilio para pensarse en un dispositivo analítico.

 

Quizás haya allí una sabiduría oculta, más valiosa incluso por surgir entre quienes inventaron la confesión como ilustre ancestro de la conversación analítica. Así como hay parejas que temen que si se analizan podrían llegar a separarse, o artistas que temen que podrían quedarse sin la fuente de su creatividad, hay religiosos que piensan que, si se analizaran, podrían abandonar los hábitos... Pero lo cierto es que nada de eso necesariamente sucede. Un análisis es una aventura singular, un tratamiento a medida más que pret à porter, en el que ningún resultado es previsible de antemano. Y no deja de ser interesante que un religioso pueda analizarse sin temor a perder su fe, del mismo modo que alguien homosexual pueda hacerlo sin temor a ser normalizado. Un espacio analítico debería estar en las antípodas de un lecho de Procusto donde como contaba la mítica historia se estiraba o acortaba a quienes no daban con la talla de la cama donde se acostaban.


Pero hay otro dato de la anécdota papal que interesa, y es el del analista que eligió. Nunca es casual la elección de un analista, y al papa argentino no le habrán faltado opciones, siendo Buenos Aires una de las grandes capitales del psicoanálisis. Francisco, en ese entonces provincial jesuita, eligió en primer término a una mujer, encarnación de lo Otro para cualquiera y más para un hombre practicante de la castidad. Por lo que él mismo cuenta, su analista era judía. Y si el judaísmo encarna en la diáspora una extranjería quizás necesaria en este oficio, qué decirlo para una autoridad eclesiástica.


La sabiduría que demostró Francisco y tantos otros se corresponde con algunos datos de la historia misma del psicoanálisis, que es efecto de otra diáspora, la de los analistas centroeuropeos expulsados por el nazismo. Así, una legión extranjera ocupó las capitales de Occidente esparciendo un virus que está lejos de haber agotado aún sus efectos. Los pioneros del psicoanálisis, prácticamente todos, han sido de un modo u otro extranjeros. Lacan mismo parece haberlo intuido cuando parte de la comunidad judía de Estrasburgo le solicitara a él, un analista de origen católico el nombre de un analista. Más allá del sentido común que suele regodearse con las simetrías, no les recomienda un analista judío no faltan en el movimiento psicoanalítico sino que les da el de un gran analista... árabe: Moustapha Saphouan.


A fin de cuentas, el análisis nos enseña a pensar en singular, caso a caso. Desde ahí, no debería sorprendernos la noticia de que un futuro papa consultó a una analista. ¿A quién? No lo sabemos, y está bien que la psicoanalista del Papa permanezca anónima. El psicoanálisis es una práctica cuyo producto es capitalizable solo por quien se analiza, el único sujeto en juego. Que el analizante se haya vuelto célebre no debiera quizás importar demasiado.


Por Mariano Horenstein para la Revista Ñ.
Es psicoanalista, ensayista y ex editor de Calibán, Revista de Psicoanálisis.
 

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