Tamaño letra:


En mi colegio estudiábamos en pantuflas. Eran parte de nuestro uniforme obligatorio. Y en las aulas no había mesas ni pupitres, había pequeñas alfombras individuales que podíamos llevar al jardín o a cualquier espacio donde quisiéramos trabajar.

 

Los días solían comenzar en círculo, sentados sobre el piso, junto a las maestras. Muchas veces hablábamos de lo que habíamos hecho en nuestras casas el día anterior, a veces cantábamos una canción, leíamos un cuento o las maestras nos explicaban algún tema. Pero cada semana era distinta. Salvo que los lunes era el día que nos entregaban el plan: una hoja donde se leía una especie de lista con la cantidad de ejercicios que cada uno tenía que hacer y terminar para el viernes. Por ejemplo, en esa hoja podía leerse: 5 fichas de matemática, 6 de zoología.

 

Todos nosotros, desde el más pequeño hasta el más grande, teníamos la libertad de elegir dónde y cuándo hacer ese plan. Podíamos decidir trabajar mucho una mañana y al día siguiente un poco menos, aunque sabíamos que, si no hacíamos un poco cada día, el viernes no llegaríamos a entregar el plan completo.

 

Si me pongo a pensar en alguna imagen de mi infancia escolarizada, recuerdo estar con mis compañeras, tiradas sobre el pasto en un jardín inmenso, con nuestras alfombritas azules y cartucheras coloridas haciendo los ejercicios del plan hasta que sonaba la campana.

 

Recién cuando terminé séptimo grado me di cuenta de que mi escuela, a la cual había ido desde los 5 hasta los 13, era muy diferente a la mayoría. Pero no me preocupó porque en aquella época pasar a secundaria, sentarse en un pupitre frente a un pizarrón y tener carpetas con anillos y manuales significaba ser grande. Y eso era todo lo que me importaba.

 

Ahora, mientras abundan las noticias sobre distintos métodos de enseñanza en Finlandia y en la Argentina, este tipo de espacios educativos pelea para ser reconocidos por el Ministerio de Educación. Cada vez que le cuento a alguien que fui a un colegio con un método de enseñanza alternativo muchos hacen la misma pregunta: ‘¿Y después, cuando fuiste a un colegio tradicional, no te costó mucho?‘ Entonces digo que no, que no fue difícil la adaptación o sí, pero como para cualquier niño de 13 años que empieza a ir a un nuevo colegio, con reglas y códigos distintos. ‘¿Y los que fueron a ese colegio son todos creativos hippies y artistas?‘, otra de las preguntas que suelen hacer. Entonces, vuelvo a decir que no, que tengo compañeros del colegio que son científicos, matemáticos, abogados, administradores de empresa, arquitectos, vendedores y, también, claro, artistas y músicos. La mayoría pudo encontrar lo que le gustaba, como cuando éramos niños y teníamos la libertad de decidir cómo y cuándo hacer ese plan semanal. Y creo que eso, elegir, fue una de las enseñanzas que más valoro de mi colegio primario.

 

Por Camila Bretón para La Nación.
 

Comentarios

Video del día