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El Dr. Arturo Humberto Illía, expresidente de la Nación Argentina, supo expresar en uno de sus más recordados discursos que “la democracia es el ordenamiento más congruente con la paz, y es en la paz donde se multiplican los logros del intelecto, y las posibilidades de incorporar esos logros a la vida de todos”.


Llegará el día al decir de Rimbaud el más desesperado de todos los poetas- que “armados de una ardiente paciencia, entrarán los hombres a las iluminadas, espléndidas ciudades del futuro”. Un futuro de Paz y de convivencia fraternal entre los ciudadanos. Solo será posible cuando el hombre tome conciencia de sus desatinos y recupere los viejos valores evangélicos.


La paz es una urgencia en estos tiempos donde la modernidad imperante se lleva todo sin dejar dividendos. Por eso debemos remarcar que la paz es fruto de la justicia. Sin justicia no puede haber paz.


Cuando gobernantes y ciudadanos comprendan lo errado del camino emprendido, donde por espurios intereses de mercado se levanta “nación contra nación y pueblo contra pueblo” desangrándose en pleitos inútiles y guerras descarnadas, habrá llegado la hora profetizada por Isaías donde “se volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; y no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”.


La paz nace de un compromiso individual porque al decir de Antoine de Saint Exupéry “si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor”.


Establecer la paz entre los pueblos es el gran desafío de estos tiempos decadentes donde las guerras como una de las mayores plagas apocalípticas se enseñorean en varias partes del planeta con las consecuencias de éxodos masivos, destrucción de la naturaleza y catástrofes en gran escala.


Juan Pablo II supo expresar que “hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz”.


Benito Juárez escribió que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y no estaba descaminado porque cuando se avasallan los derechos de los demás se quebrante la paz.


Y la paz -según Rigoberta Menchú- no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz”. Y continúa expresando que “la paz es hija de la convivencia, de la educación, del diálogo. El respeto a las culturas milenarias hace nacer la paz en el presente”.


 Ya lo dijo Jesús de Nazaret: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.


Por Jorge Castañeda- escritor de Valcheta.
 

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