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El coronel Lucio V. Mansilla en su interesante libro ‘Una excursión a los indios ranqueles‘ deja valiosas observaciones sobre las costumbres y la cultura de este valeroso pueblo.


Refiriéndose seguramente al ‘lonkomeo‘ refiere el siguiente relato:


‘El salón de baile o, mejor dicho, la arena, tendría unas cuarenta varas de circuito, rodeada de palos a modo de corral; un monigote de tierra en el centro, como de dos varas de diámetro y una de alto. Los concurrentes estaban colocados alrededor del círculo del lado de afuera. La música instrumental consistía en una especie de tamboriles; eran de madera y cuero de carnero, y los tocaban con los dedos o con baquetas. El baile empezó con una especie de llamada militar redoblada. Oyéndose unos gritos agudos, desacompasados, y cinco indios en hilera se presentaron haciendo piruetas acancanadas.


Venían todos tapados con mantas. Entraron en la arena, dieron unas cuantas vueltas al son de la música, alrededor del mogote de tierra, como pisando sobre huevos; de repente arrojaron las mantas y se descubrieron. Se habían arrollado los calzoncillos hasta los muslos, la camisa se la habían quitado; se habían pintado de colorado las piernas, los brazos, el pecho, la cara; en la cabeza llevaban plumas de avestruz en forma de plumero, en el pescuezo collares que hacían ruidos y las mechas les caían sobre la frente. Las mantas las arrojaron sin hacer alto, sacudieron la cabeza, como dándose a conocer, y empezó una serie de figuras, sin perder los bailarines el orden de hilera.


Mareaba verlos girar en torno del mogote, agitando la cabeza de derecha a izquierda, de arriba abajo, para atrás, para adelante; se ponían unos a otros las manos en los hombros; se soltaban, se volvían a unir formando una cadena; se atropellaban quedando pegados como una rosca; se dislocaban, pataleaban, sudaban a mares. El aire de las evoluciones determinaba el compás del tamborileo, el que cuando era acompañado de una especie de canto triste, ora grave, ora burlesco, según lo que la infernal cuadrilla parodiaba.


Quince fueron los que bailaron, en tres tandas; la concurrencia guardó el mayor orden; no aplaudía, pero se comía con los ojos a los bailarines. Cerca de dos horas duró la farsa; se ponía el sol cuando yo volvía a mi fogón‘.


El relato sin duda que es exagerado y con un desconocimiento importante sobre el significado mágico y ritual del mismo, pero se ve que ha quedado fuertemente impresionado y algunas de sus observaciones merecen un análisis.


Un dato curioso lo ofrece el término ‘acancanado‘ de ‘cancanear‘, que en lengua mapuche es el acto me penetrar en un toldo a deshora de la noche y específicamente ‘cancán‘ equivale también a seducción.


Casamiquela sobre este aspecto expresaba ‘que es muy curioso que entre indios y franceses cancanear y cancán respondan a ideas que se relacionan con Cupido y sus tentaciones‘.


Se puede apreciar también que Mansilla acierta -dejando jocosidades de lado- en varios aspecto del Lonkomeo, como los giros alrededor del rehué, las máscaras y las pinturas en el cuerpo de los bailarines, el son del cultrún, la imitación del avestruz, las cimeras de plumas en la cabeza y otras.


Por Jorge Castañeda.
Escritor de Valcheta.
 

Polémica por los ciclistas (1938)

 

En el año 1900 existía cierta preocupación en las ciudades argentinas por el aumento de los ciclistas y la libertad con que circulaban. Esa inquietud general fue reflejada en una nota que publicó El Gráfico en 1938, donde, entre otras cosas, contaba que los policías cobraban multa a los ciclistas que no conservaban la izquierda, no llevaban luz cuando marchaban de noche o no tenían timbre o cascabel.


El cascabel producía un sonido particular, al punto que el periodista sostenía que los autos tan silenciosos de ese tiempo deberían llevar un collar de cascabeles para que su presencia fuera advertida.

 

En esa misma nota, El Gráfico publicó un decálogo del ciclista, que decía:

 

Para su propia seguridad cumpla estrictamente con todas las disposiciones de tráfico. Respete para que lo respeten.


Por las noches, lleve luz delantera y trasera, y si es posible vista con prendas claras, para que lo distingan a la distancia.


No se aventure a velocidad en los cruces de calles o caminos.


Yendo varios ciclistas, marchen de uno en fondo, por la izquierda.


Recuerde que los días de humedad los frenos exteriores fallan.


Hasta no lograr dominio sobre la bicicleta, eluda las arterias de mucho tránsito, y cuando logre ese dominio, no confíe con exceso.


No lleve ningún chico sentado adelante, sobre el manubrio, porque en caso de accidente es de sumo peligro para la criatura y usted, ya que el pasajero le impide maniobrar con facilidad.


No se agarre a ningún vehículo para que lo remolque, ni vaya corriendo detrás, aprovechando el tren que le hace el vehículo.


No ande por las veredas.


Haga del ciclismo un placer y no un riesgo.


El precio de venta de las bicicletas de 1938 iba en aumento: en esos días se hablaba de un nuevo impuesto de cinco pesos que se sumaba a las más de veinte tasas aduaneras. Sin embargo, estaban convirtiéndose en un medio masivo para trasladarse dentro de las crecientes ciudades argentinas. Y como todo medio de transporte, causaba dolores de cabeza a más de uno, pero era la respuesta social a los nuevos desafíos que planteaba la modernidad.

 

Por Daniel Balmaceda.
En el blog Historias Inesperadas. 

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