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Donald Trump amenaza con abolir las ruedas de prensa en la Casa Blanca y advierte al exdirector del FBI de no filtrar información sobre sus conversaciones: con esta clase de comportamiento solo atrae a críticos y claramente ignora las consecuencias para él, para su Oficina y para su Administración. Su desesperación y frustración -tal vez también la soledad- deben ser grande. Así no fue como Trump presentó lo que llegaría a ser su presidencia.


El magnate quiere ser el abogado de los ‘indefensos‘, es decir, la gente en Estados Unidos que, en su opinión, la élite política ha olvidado. Y al mismo tiempo, venir a Washington, y como un general, ver y vencer. No obstante, sus oponentes le han puesto piedras en el camino. Trump, a pesar de tener mayoría republicana, apenas ha conseguido que las leyes pasen en el Congreso. Ahora, a raíz de tantos tropiezos, su mundo emocional debe estar fluctuando entre la rabia y la indiferencia. Debe estar echando de menos su antigua vida en Nueva York. Algo que sus oponentes le otorgarían de todo corazón.


La realidad es, sin embargo, que Estados Unidos todavía tiene que vivir con un presidente que no entiende los fundamentos de la democracia. Trump pide lealtad incondicional a sus miembros en el Gobierno, pero la lealtad termina donde las leyes comienzan. El exjefe del FBI, James Comey, rechazó completamente responder con absoluta obediencia al presidente. Y es que en una democracia nadie está por encima de la ley. Ni siquiera el jefe de la Casa Blanca.


Trump tampoco capta el papel que desempeña una prensa libre en una democracia. La prensa debe inspeccionar a quienes están en el poder, criticarlos, hacerles preguntas, investigar. Los periodistas no esperan ser elogiados por su trabajo. Pero quienes, como Trump, los acusan de ser enemigos y mentirosos, es porque no han entendido cómo funciona la democracia.


Cuanto más larga es la presidencia de Trump, más se asemeja la Casa Blanca a un manicomio. La incompetencia y la sobrecarga del ‘señor de la casa‘ llevan a estados caóticos. Sin embargo, una democracia fuerte como la de Estados Unidos debería poder aguantar la difícil situación.


A fin de cuentas, las otras instituciones americanas como el Congreso, los tribunales y las diferentes administraciones sí funcionan. La sociedad civil de Estados Unidos está comprometida como pocas veces antes. Los periodistas no se sienten intimidados. Todo lo contrario. Con sus amenazas, Trump ha asegurado que sus críticos se estén consolidando en ambos partidos. Cada vez más empleados de los servicios secretos o ministerios están enviando información a la prensa.

 

La crisis en la Casa Blanca es una autoinflingida. Inconcebible pensar lo que sucedería si surgiera una grave crisis externa o financiera. Los propios estadounidenses deberían reflexionar y pensar qué Estado estaría dispuesto a seguir a un líder como Donald Trump.


(Deutsche Welle).

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