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El atuendo lujoso lo incomodaba. La lluvia y la nieve no lo frenaban. Evitaba los discursos pocos comprensibles y empujaba a todos hacia el matrimonio. San José Gabriel del Rosario Brochero, el cura gaucho que predicó en las sierras de Córdoba, no pasaba desapercibido. Gracias a la generosidad de Ercilia Ruiz Moreno, reproducimos una semblanza que trazó su abuelo, Isidoro Ruiz Moreno, destacada personalidad de la cultura y la política de la primera mitad del siglo XX. Veamos cómo nos presenta al cura santificado: ‘Era un sacerdote original y estimable. Nos conocimos cuando yo desempeñaba el Ministerio de Hacienda y Obras Públicas de Córdoba; y me fue presentado y recomendado por el gobernador José Vicente de Olmos, con quien aquél tenía tan grande amistad que se tuteaban. Fuimos amigos y cada vez que iba a la capital, llevado por las exigencias de sus obras, me visitaba.


‘El día que lo conocí, el gobernador, al presentármelo, me dijo: ’Este es el famoso cura Brochero, que se lo pasa pidiendo plata. Si se descuida lo va a dejar sin dinero para pagar el presupuesto’. Y guiñándome un ojo, agregó: ’Ya le he dicho que se entienda con usted, en la seguridad de que no le va a dar ni medio’.
‘El cura, entonces, le dijo: ’ José Vicente con esas dádivas se salvarán muchas almas que podrían ir al infierno, como la tuya’. El hecho es que en lugar de los $500 que pedía para la puerta de la iglesia, le dimos el doble, pues tenía otros trabajos, entre ellos, un asilo en construcción.


‘Era el verdadero cura de campaña. Dotado de una actividad sin límites, dedicó su vida al servicio de sus semejantes, con entusiasmo y abnegación ejemplares. A cualquier hora del día o noche que llamase a su puerta, el necesitado encontraba en la modesta casa de Brochero el auxilio espiritual o ayuda material que requería’.


‘Ocurrente y sutil, a la par manso y enérgico, Brochero se expresaba con estilo chabacano, que al decir de algunos, exageraba. Entre otras, ha quedado el recuerdo de la imagen de la gracia de Dios, que explicaba a las gentes sencillas diciéndoles que podía alcanzar a todos, ’como cuando una cabra bostea arriba de un horno’.


‘Un día llegó a mi despacho muy preocupado y afligido. Me refirió que lo había designado canónigo de la Catedral de Córdoba y que esa tarde le darían la investidura de tal. Lo felicité, pero me manifestó que era demasiado honor para él, que no había podido rehusar, y temía que eso lo obligase a abandonar su curato. Le solicité que volviese después de la ceremonia; y así lo hizo, entrando todo agitado y diciéndome: ’Ya le dije, mi amigo, que eso no era para mí. Me han ensillado: me pusieron un apero casi completo: cincha, pretal y sobrecincha; no faltaba más que el bozal y las riendas’.‘


Al relato agregamos que el legendario cura gaucho renunció al cargo y regresó a su parroquia. Murió en 1914, a los 73 años, atacado por la lepra que se contagió visitando a los enfermos.

 

Daniel Balmaceda en Historias inesperadas. 

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