Ernesto Urbina y Roberto Grill, protagonistas de dos hechos centrales del conflicto bélico de 1982, brindaron una charla brillante en el Concejo Deliberante. Cómo una experiencia extrema cambia todo para siempre.
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Por Juan Gorosito
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Con el dolor se puede padecer toda la vida o transformarlo en una energía que permita a los demás hacerse de una enseñanza para utilizarla en el desarrollo de los hechos cotidianos.


Malvinas es una herida abierta en ese corpus cambiante y contradictorio que es la sociedad argentina, pero que sin embargo encuentra en esa, como en otras causas nacionales, los motivos para superar las grietas.


Nadie discute que las Malvinas son argentinas y que pese a las dudas sobre las intenciones verdaderas de Leopoldo Galtieri y su gobierno genocida, el reclamo por la soberanía es imprescriptible, tanto como la hipocresía de la diplomacia internacional de sostener enclaves coloniales cuando estamos en el segundo lustro de la segunda década del Siglo XXI.


Ernesto Urbina y Roberto Grill pasaron por Viedma días atrás brindando una charla imperdible en el Concejo Deliberante. Lo hicieron frente a chicos de distintas escuelas y más tarde ante el público en general, dejando una experiencia de vida extrema como verse cara a cara con una muerte casi segura y superarlo.
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Ernesto Urbina tenía 22 años cuando lo convocaron para participar del conflicto bélico sin decirle demasiado. Cuatro días de navegación hasta las islas y uno más duró el desembarco. Fue uno de los primeros en pisar el suelo argentino usurpado por los kelpers.


‘Malvinas empieza el 1 de abril, que es cuando empezamos el desembarco, aunque la hora H es el 2 de abril‘, aclaró en la charla. Es que siempre hay espacio para conocer o recordar datos históricos que se fortalecen cuando quien lo cuenta lo vivió en primera persona.


-Usted es uno de los primeros en pisar el suelo de Malvinas. ¿Cómo fue?
-Sí, uno de los cien hombres de la fuerza de elite a los que nos tocó recuperar Malvinas. Estaba en la patrulla que comandaba el capitán Giacchino, que fue herido y se transformó en el primer muerto de la guerra. Yo era el enfermero, fusilero y las tareas que requiere una unidad especial donde todos tienen la función de reemplazar a algún herido.


-La historia cuenta que usted es quien asiste al capitán Giachino.
-En el intento de tomar por asalto la casa del gobernador inglés de las islas,Giacchino y el teniente Diego García Quiroga caen heridos. Un inglés con una ametralladora los barrió y cayeron heridos.


-¿La orden era no provocar bajas entre los ingleses?
-La orden principal era evitar bajas y heridos.


-Sin embargo, los ingleses disparaban sin miramientos.
-Sí. Nosotros éramos 16 en mi unidad y luego supimos que los ingleses que se encontraban en la casa del gobernador eran más de 70.


-El desembarco no es en la ubicación que se previó originalmente.
-Siempre digo que la mano de Dios estuvo de nuestro lado. Se evitó la playa donde íbamos a ir y se tomó una alternativa que teníamos en la planificación. Nuestros navegantes habían observado en la playa principal que había una luz esperándonos, eran dos patrullas de ingleses y si hubiéramos ido ahí no hubiera habido desembarco.

 

-¿Cómo fue el momento en que usted cae herido?
-Cuando caen Giacchino y García Quiroga me llaman. Estaban a unos 40 metros hacia mi izquierda. Cuando enfilo para ahí me sorprenden unos ganzos, me freno, pegan unos tiros en el suelo, me moví y comencé a correr. El inglés me esperó y el balazo me ingresó abajo del ombligo, de perfil, en el costado. Y ese tiro me saca de combate. Les explico a mis compañeros que no los puedo asistir, me asistí sólo, me puse analgésicos y me esperé quedando que sea lo que Dios quiera.


-¿Cuánto tiempo pasa desde el desembarco hasta ese momento en que es herido?
-El desembarco había comenzado a las 21.30 del 1 de abril y eran alrededor de las 6 o 7 de la mañana del 2.


-¿Cuál era la gravedad de las heridas?
-El disparo me rompe la pared abdominal, los intestinos, me fractura la cadera y me rompe el nervio pleural de la cadera derecha. Eso hace que yo quede rengo para siempre porque el cuádriceps de la pierna no funciona. Estuve tres horas en el suelo esperando que se termine el combate cuando llegaron el resto de las fuerzas del desembarco.

 

-¿Cómo es el rescate?
-Una vez que se rinden los ingleses, mis compañeros me levantan del suelo. Giachino estaba muy mal porque tenía un tiro en la arteria femoral. García Quiroga había tenido mucha suerte porque el primer disparo lo frena una cortapluma que tenía en un bolsillo en el pecho. Me llevaron al hospital. Giachino ingresó y en pocos minutos murió. A mí me operan dos médicos argentinos que habían desembarcado recientemente con la asistencia de enfermeros ingleses. A las 12 del mediodía me cargaron en un helicóptero y me llevaron a Río Grande. De ahí a un Fokker 28 (avión) y a las 19 ya estaba ingresando al hospital naval de Puerto Belgrano. Ahí estuve 60 días recuperándome con cariño y contención.


-Usted habla del conflicto con naturalidad, pero durante muchos años, para muchos excombatientes fue muy difícil hablar del tema.
-Lo mío es distinto. Lo hablábamos con Jorge Torres (excombatiente de Viedma). Lo mío fue un ratito. Explosivo. Llegamos, pateamos el hormiguero y me picó una hormiga grande. Yo el 2 de abril a la tarde estaba internado en terapia intensiva en Puerto Belgrano. Distinta es la presión de estar muchos días en el campo de batalla, en el Crucero Belgrano o varias horas en una balsa. Yo salí de la carga psicológica rápido.

 

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Roberto Grill era radarista del puente de comando del crucero ARA General Belgrano. El 2 de mayo de 1982, fuera de la zona de exlcusión, el buque fue alcanzado por dos torpedos lanzados desde el submarino nuclear inglés HMS Conqueror. Tras el hundimiento sobrevivió en una balsa un día y medio, en el contexto de un mar gélido, con olas de 11 metros y hasta 20 grados bajo cero.

 

323 de los 1093 tripulantes del Belgrano murieron en el ataque. Para muchos es un milagro que tantos hayan sobrevivido. Grill lo atribuye mayormente a la preparación.


-¿Cómo es el momento del impacto del primer torpedo inglés en el Crucero Belgrano?
-Llegué al puente de comando a las 15.50 en lugar de hacerlo 15.45. Por llegar tarde le salvé la vida a quien reemplacé, ya que por cinco minutos mi compañero no estuvo en el área de dormitorio al momento del impacto, lo que le hubiera provocado la muerte. Fue absolutamente sorpresivo. Estábamos a unos 60 kilómetros afuera de la zona de exclusión. Ibamos a cargar combustible. Navegábamos a 27 km por hora, con todas las puertas abiertas porque era una navegación normal. Es como que te explote una bomba en la puerta. Con el primer torpedo (en la popa, en la zona de dormitorios) murieron unos 270 hombres.


-Un torpedo que explota dos veces.
-Sí. Mide unos cinco metros y tiene 65 centímetros de diámetro. Tiene dos explosiones casi simultáneas. En la primera abre el buque y luego vuelve a explotar adentro. Es la forma más fácil de hundir un buque de 185 metros de eslora por 18,5 de manga, prácticamente dos cuadras de largo. Un buque imponente.


-¿Un torpedo de cinco metros mueve a un buque de esa envergadura?
-Yo estaba parado operando un radar y después del impacto aparecí del otro lado de la mesa. No sé cómo llegué ahí. Aturde, la vista se pone azul. Nos recuperamos los tres que estábamos ahí y pegó el segundo torpedo en la proa. Entre uno y otro torpedo pasaron unos 20 segundos.

 


-El submarino disparó tres torpedos. ¿Qué pasó con el tercero?
-Pasó de largo y le pegó sin explotar al buque Bouchard. Luego ven que al hundirse explota por la presión del mar unos mil metros más allá del Belgrano.


-¿Se dan cuenta enseguida que habían bajas y eran muchas?
-Enseguida supimos que ante un impacto de torpedos es muy común que haya bajas porque están las salas de máquinas y los dormitorios en la parte de abajo de la línea de flotación.

 


-¿Qué pasos se siguieron?
-Se pidió que se haga un relevamiento de daños, el comandante llegó al puente de mando, fuimos al puesto de combate y empezamos a ver a los primeros heridos, los sentamos, los cubrimos. Pero a los 20 minutos se dio la orden de abandonar el buque.

 

-¿Y después?
-Los que estábamos mejor colaboramos con los heridos hasta que no quedara nadie. Fuimos a la balsa y nos tiramos.
Ahí el problema era no mojarse en un mar con 4 grados y 18 grados bajo cero en superficie (N. de la R.: en la charla contó con lujo de detalles las increíbles peripecias de supervivencia y la extrema cercanía con la muerte).


-¿Cuántas horas sobrevivieron en la balsa en un mar helado?
-Del domingo a las 16.40 al martes a las 3 de la mañana. Unas 35/36 horas.


-¿Siente que fue un milagro que se hayan salvado tantos hombres en el Belgrano?
-Siempre el de arriba tiene que ver, pero yo lo atribuyo en un 90 por ciento a la calidad de las balsas y a la preparación que teníamos.


-En la charla en el Deliberante usted se ocupó de resaltar la preparación de los combatientes a contramano de muchos testimonios acerca de la falta de profesionalismo de los soldados argentinos, puntualmente los más jóvenes.


-Me da mucha bronca cuando se generaliza. A Malvinas fuimos hombres jóvenes de entre 18 y 23 años.
A las guerras en el mundo van a combatir soldados de esa edad. Los ingleses tenían entre 17 y 20 años. No vinieron con gente de 40 años. Puede ser que tuvieran otra experiencia u otra capacitación.
No sé, pero no les fue fácil. Algunos de los nuestros no tenían la capacitación adecuada porque habían ingresado hacía un mes y medio.
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Las islas Malvinas son argentinas. Siguen ahí, esperando ser devueltas a su soberano legítimo: el pueblo argentino.


Eso sí, siempre por la vía diplomática, sin derramar una gota más de sangre.


Mientras tanto, la experiencia extrema de Urbina y Grill, así como la de tantos jóvenes argentinos que pasaron por la experiencia de la guerra cambió sus prioridades para siempre.


Disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana es otra enseñanza que dejan en sus coloquios.
 


 

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