Juan Martín Kunish se dedica a potenciar el arte, principalmente en El Cóndor, pero su historia de vida está llena de escalones que fue superando. Un poco de sus inicios, experiencias particulares y lo que genera una obra.
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Por Fernando Manrique
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Juan Martín Kunish nació un 11 de mayo, al igual que Salvador Dalí, y desde chico supo que su vida debía pasar por el arte.


Se crió en una familia de escasos recursos en el barrio Guido, cursó sus estudios en la Escuela Industrial de Viedma y luego forjó sus primeras armas en Bahía Blanca. Allí estuvo en un albergue transitorio, donde se cruzó con numerosas escenas poco gratas, ganándose la vida solo para seguir viviendo del arte.


Comenzó a tatuar desde temprana edad, conoció la aerografía en el Industrial y nunca más se despegó de ella y saltó al muralismo porque vio que lo que dibujaba en un papel le salía calcado en cualquier pared.


Hoy por hoy, Juan Martín es uno de los pocos referentes del muralismo en la Comarca y se dedica a llenarla de colores, especialmente en el balneario El Cóndor, su actual residencia.
 

La libertad en un par de pintadas

 

 

El mejor lugar para conocer un poco de lo que hace un artista es su propia casa, dado que sus paredes y cada rincón de ella es su carta de presentación. Es así que nos dirigimos hacia el hogar de Juan Martín, quien estaba con su novia, su hijo de 3 años Miguel Ángel y un amigo de la vida Leandro Rossi.


Entre mates y anécdotas que quedaron afuera de estas páginas por cuestiones de espacio, el muralista comentó sobre sus inicios: “Empecé haciendo trabajos en mi pieza y de una pared chiquita pasé a una grande y vi que lo que podía hacer en una hoja lo podía hacer en una pared. Y cuando me fui a Bahía fue más difícil porque caí en lugares que me formaron para crecer en la actitud y en la energía. Trabajé pintando botellas para venderlas, de ayudante de albañil, de techista, de pintor de obras y de muebles y de todo para vivir del arte”.


Asimismo, confesó: “Crecí sin respaldo, alquilé un garaje y ahí arranqué pintando día y noche ya sea invierno, primavera o verano, sin plata, yo pintaba y hacía mi deber y venía la vecina de enfrente y me traía para comer. Venía algún amigo y me traía comida y la comida siempre fue sagrada. Con poquito quería hacer cosas geniales y recuperar dinero para poder comer y así se fueron sumando cosas y fui creciendo”.

 

Consultado sobre sus sensaciones a la hora de pintar, Juan Martín fue categórico: se siente libre. “A mí me gustaría vivir de pintar cuadros y murales en donde pueda expresar mi bronca, ser suave con el aerógrafo o hacer líneas libres. Pintando un mural o un cuadro me siento más libre que haciendo un tatuaje que por ahí me condiciona más al gusto de la persona, el muralismo es expresión pura. Podés hacer lo que quieras, inventar un mundo, denunciar algo y explicar lo que no se ve con los ojos”.


Cuando uno dice en off “el muchacho que hace murales en El Cóndor”, inmediatamente sale a la luz el nombre de Juan Martín, quien ya no pasa desapercibido por sus obras cerca de El Faro, sobre la ruta o en cualquier pared estropeada con campañas políticas o rayones.


“Se está haciendo realidad lo que pensé, porque vi que escaseaban murales”, dijo Juan Martín, quien aclaró que sus motivaciones van más allá del reconocimiento, surgieron porque a una ciudad que le falta colores le falta armonía.

 

Amarquía: hacer todo por amor

 

 

Es conocido el movimiento de anarquía, pero Juan Martín y su amigo artista Leandro Rossi acuñaron el concepto de amarquía.


Tal concepción nació cuando pintaban la Casa del Pueblo de Bahía Blanca y entre temperas y pinceles se formó un corazón al que le agregaron una “A” parecida al símbolo anárquico.


Para Leandro “es un concepto para dejar una semilla, a la vista choca el dibujo porque estamos acostumbrados a ver el signo de anarquía” y completó: “La anarquía tiene que ver con la rebeldía y la amarquía con lo que realmente uno puede poner en base al amor, el mundo necesita fundamentalmente amor, no el amor mundano de una mujer o de un hijo que están bien, sino a todo, es difícil entender todo con amor”.

 

 

En eso de hacer todo por amor, Juan Martín adelantó que hace tiempo piensa hacer un proyecto con los monumentos locales. “Yo veo que las pintadas a los monumentos no les importa a nadie, porque a la costanera la están dejando espectacular, están invirtiendo un montón y yo capaz que con 4 mil pesos pinto todos los monumentos a su versión original. Y después se van a preguntar quién los pintó, porque quienes lo tienen que hacer no lo hacen”.


En esa línea, precisó: “No busco un reconocimiento ni nada pero me encantaría ver a esos monumentos bien pintados, prolijos y que reconozcan que hay que mantenerlos. Hoy pasas por la plaza y sentís que es re chocante, no se siente segura y me gustaría probar dejar la Plaza Alsina como tiene que ser. También quiero pintar grandes murales en Viedma, en El Cóndor, camino a El Cóndor para el agrado de la gente que viene de allá para acá”.

 

Un dibujo para su ídolo

 


Una experiencia particular que nos compartió el joven artista fue la que vivió con su rapero favorito, el español Miguel Ángel “El Sicario” Soler, quien le pidió que hiciera un dibujo para su último disco.


“Yo era chico y siempre pensaba en que algún día nos íbamos a conocer, ya sea cuando venga a tocar a la Argentina o lo que sea. Pero el día que decidí venir a vivir a El Cóndor, en agosto, al otro día de que yo decidí venir acá recibí un mensaje de ‘El Sicario’, preguntándome si yo quería colaborar con él para ilustrar una canción de su nuevo disco”.


El nuevo disco de “El Sicario” se compone de doce temas, de los cuales cada uno tiene una obra de artistas de una docena de países. Juan Martín representa a la Argentina en ese sencillo, porque “le gustaron mis dibujos”. Colaboró con el español con un cuadro al óleo de un metro por un metro. El tema se llama “Macma Azul”, al igual que el cuadro y para el dibujante local “fue la mejor experiencia que pude haber tenido porque ahí vi mi sueño cumplido”.
 

 

Larga espera pero buenos frutos

 


Muchas veces abordamos en nuestros informes, en temas artísticos, la cuestión de la falta de acompañamiento en pequeños valores que luego se convierten en genios en lo que hacen.


A Juan Martín le pasó, no bajó los brazos y hoy le demuestra a los suyos que él pudo. “Cuando era chico yo no tenía apoyo y al ser autodidacta es difícil que te crean cuando no tenés un respaldo de una institución, como ir a la Escuela de Arte. Como yo no podía y tenía que laburar, porque no alcanzaba la plata en mi familia, era obvio que a la gente le gustaba lo que hacía pero no creían que podía vivir de esto. A mí me resultó muy difícil, pero de tanto meterme tuve reconocimiento de incluso de mis padres, cuando yo explicaba de que se podía yo ya era consciente de que me iban a costar años que se den cuenta de que esto funcionaba”.


En ese sentido, el muralista que nació en el barrio Guido subrayó: “Cuando yo les mostré que funcionaba, ahí se dieron cuenta de que funcionaba, pero mientras tanto la pasé muy mal, pero no por pasarla mal llegué a frustrarme porque eso fue parte de mi crecimiento, esa fue mi escuela. Hay que esforzarse y trabajar en lo que estamos convencidos que es el camino, nada es imposible y la vida te lo muestra”.

 

Una obra para los excombatientes 

 

 

Una situación que ilustra fielmente lo que puede llegar a provocar el arte fue la que vivió el dibujante con los excombatientes de Malvinas en el último acto en el Memorial de El Cóndor.


Detalló en ese punto: “Se me ocurrió intervenir en el acto de Malvinas, quería ir a pintar cerca del Memorial para dejar un dibujo que represente a Las Malvinas y lo que pasaron los excombatientes. Se los iba a hacer, dejarlo y que vibre solo y cuando le conté a un amigo me dijo que tenía que preguntar, pero si iba a preguntar me iban a decir que no y el arte interviene cuando vos no lo esperás. Entonces, fui a ver el lugar y no se podía pintar un mural porque las paredes eran muy reducidas y la pared que yo veía desde la ruta está llena de agujeros que representan a cada caído. Me di cuenta de que no les podía estropear ese cuadro de representación”.


Juan Martín decidió plasmar en un cuadro lo que un principio pensaba hacer en un mural y fue al acto. “Yo imaginé que iba a ser un acto simple, normal, pero no tenía una idea de la cantidad de gente que iba a haber. Cuando fui vi una cola de autos tremenda, estaba la Banda de la Policía, tropillas de gauchos pasando en sus caballos, el vicegobernador Pedro Pesatti, Fulano, Sultano, camarógrafos y llegué yo con el cuadro todo tapado”.


Esperó hasta el final del acto, lo dejaron subir al escenario y “cuando les destapé el cuadro tenía a los excombatientes al frente mío y el reflejo de lo que yo vi en ellos cuando vieron mi cuadro, la emoción de ellos me hizo emocionar a mí. Ellos mismos levantaron el cuadro, se lo mostraron a todos y fue increíble. Esas cosas las genera el arte”.


“El cuadro representa a los soldados dentro de la cabeza de un soldado, lo que les quedó a ellos dentro de su mente, porque eso es lo que ellos vivieron. Hice un solo soldado para representar a todos. El cuadro está todo salpicado como representando a esa fuerza, el rojo como el fuego, el gris porque su historia no fue muy colorida, están las quemaduras, las explosiones, puse el frío de fondo porque pasaron frío y todo salpicado por el derrame de su sangre”, concluyó.

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